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Reportaje:

"Soy obrero, y obrero muero"

La Casa del Pueblo de Vallecas, la más veterana de Madrid, celebra sus 65 años

"Antes era mejor ser militante socialista. Eramos más nobles y no mirábamos más que por el partido. En cambio, ahora no venimos más que a ver si meto la cabeza y me coloco", sostiene Agustina Corporales. Y en la Casa del Pueblo de Vallecas nadie le lleva la contraria: ella es más veterana que el propio edificio, que ahora celebra por todo lo alto -y con mitin de Alfonso Guerra anoche- su 65º cumpleaños.Agustina, 82 años de edad y 68 de militancia, está contenta con el abultado aniversario de la sede del PSOE -es la Casa del Pueblo más antigua de Madrid- Pero no perdona a los trepas que se han apuntado al partido. "Tantos muertos en la guerra y luego ésos lo echan todo para abajo en ocho días. Es un crimen".

La veterana militante, que llama "latrocinio" a la corrupción, cree que la regeneración de su partido pasa por "quitar el favoritisrno". Vuelta a los 100 años de honradez. "Soy obrero y obrero me muero", refranea. Y ni pierde la fe ni deja de trabajar, aunque Vallecas también haya cambiado.

Cada tarde, Agustina cobra las cuotas en la sede. Cuando ella entró en las Juventudes Socialistas, en 1928, pagaba 50 céntimos al mes. Ahora, como jubilada, abona 300 pesetas. "Y no han faltado ni cinco céntimos desde que estoy en el cargo", se ufana en el edificio que vio construir a los militantes en la calle de la Concordia, 6.

"No entró más mano que la de los compañeros. Se trabajaba a partir de las cinco de la tarde, cuando la gente volvía del tajo", dice la mujer. Aún recuerda cómo la joven Hildegart (niña prodigio asesinada por su propia madre) enfervorizaba a los militantes vallecanos. "Vino muchas veces. Cuando acababa de hablar, si nos hubieran dado una pistola habríamos salido a la calle".

Pero Agustina nunca cogió un arma: "Jamás me gustaron". Miliciana en la guerra, peló patatas y sirvió a la Cruz Roja en el frente del Guadarrama. "Cuando ganó el señor [Franco] desaparecí tres meses. Si no, me habrían quitado del medio, porque vinieron tres o cuatro veces a buscarme". Para evitar depuraciones decidió establecerse por su cuenta en el gremio de la cordonería y la pasamanería. Paradojas de la vida: el ejército victorioso y el clero fueron sus principales clientes. "Para la jarca mora tuve que hacer 2.000 metros de cordón", recuerda.

Mientras la mujer se refugiaba en el trabajo y en la devoción al Atlético de Madrid, la Casa del Pueblo, incautada, daba cobijo al sindicato vertical. A finales de los años setenta, un grupo de militantes -Agustina incluida- ocupó la vieja sede, que recuperarían.

Ahora, Agustina sueña con repetir su noche más feliz, la del triunfo socialista el 28 de octubre de 1982. Y espera que sea pronto: "A los de ahora no les doy más de un año en el mando".

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 6 de julio de 1996