Modos intolerables
LA SITUACIÓN de los inmigrantes ilegales africanos residentes en Melilla no podía seguir enquistada. Había que buscar una salida. Pero la que han encontrado los responsables de Interior bajo el argumento de poner fin a las reyertas habidas está entre las peores que podían imaginarse. Es más, so pretexto de eficacia, exhalan un inequívoco tufo de racismo y desprecio. La imagen de un avión que vuela a un país africano con más de un centenar de inmigrantes de color, a los que se pretende repartir en diversos destinos a cambio de algún favor gubernamental, parece sacada de épocas coloniales. Y desde luego no debe ser el recurso de un país civilizado para afrontar un problema, por otra parte innegable, como es el de la inmigración ilegal.A falta de explicaciones plausibles, todo indica que Interior decidió por las malas un asunto que durante meses no supo resolver por las buenas. Si no se hace lo suficiente para impedir la entrada ¡legal de inmigrantes y no se regula después su situación de acuerdo con la Ley de Extranjería, llega un momento en el que no se sabe qué hacer con esa creciente y explosiva bolsa humana.
Existen serias dudas de que se hayan respetado los procedimientos previstos por la Ley de Extranjería. No se sabe si existía en todos los casos el preceptivo expediente individualizado de expulsión; si se ha cumplido el periodo de internamiento previo de carácter administrativo y si los expulsados han contado con la asistencia de abogado. Todas estas cuestiones deben ser aclaradas al Defensor del Pueblo. Si ha habido excesos o se han vulnerado garantías, habrá que actuar en consecuencia. Por desgracia, la miseria del Tercer Mundo crea conflictos de este tipo. Y nunca existe justicia cuando se niega a alguien, por el mero hecho de ser extranjero, posibilidades de bienestar o mera supervivencia. Pero hay un deber al margen de la compasión que todo Gobierno debe observar: el respeto a las propias leyes.
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