Tribuna:
Tribuna
Artículos estrictamente de opinión que responden al estilo propio del autor. Estos textos de opinión han de basarse en datos verificados y ser respetuosos con las personas aunque se critiquen sus actos. Todas las tribunas de opinión de personas ajenas a la Redacción de EL PAÍS llevarán, tras la última línea, un pie de autor —por conocido que éste sea— donde se indique el cargo, título, militancia política (en su caso) u ocupación principal, o la que esté o estuvo relacionada con el tema abordado

Fumar

Me veo impulsado a aprovechar que ayer fue el Día Antitabaco para prolongar la campaña de lo que es complementariamente obvio. El tabaco perjudica la salud, y sólo unos cuantos se encuentran en la privilegiada condición de hacerle frente con una musculatura superior a la de sus fibras, una lucidez superior a la de su lumbre y un tórax por encima de su humo. Los demás, vulgares mortales, no estamos capacitados para dar aforo a los ingredientes que cohabitan en cada cigarrillo. Fumar es inculcarse porciones de debilidad, partículas de ofuscación, polvaredas de vejez, y quién sabe si limaduras de insuficiencia. En cada cigarrillo sin placer, de los que está el paquete lleno, se encubre a menudo una inyección que simula anestesiar el cara a cara con las cosas, las circunstancias, las personas; el cara a cara con uno mismo, sobre todo. Hay cigarrillos perfectos, pero ya tan pocos que resulta una estafa intercambiar su aportación con nuestros costes.

El tabaco sólo está hecho para titanes, hombres y mujeres, a los que sólo abate un ataque gigantesco. Para quienes tosemos, nos fatigamos y padecemos acidez por. nada, el tabaco es un vicio infame, una prótesis de derrengado con la que se empeora la peor imagen. Cualquiera que ha dejado de fumar alguna vez puede asistir a la escena de los demás fumando como condenados, víctimas de una vieja. atadura. Hay sólo una edad para fumar. Aquella que, como en el caso de los titanes, permite hacer pasar él humo por los pulmones radiantes. Después, cuando el tiempo ha ido llenando de óxido el cuerpo y todos sus pasadizos, el tabaco desgaja las células, abarata el cutis y pone en las manos un signo de miedo, de miedo a morir, que, como en las adicciones, sólo encuentra consuelo en una dosis de muerte más y, al cabo, demasiado necia.

Archivado En

Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS