Tribuna
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La venganza de Fu-Manchú

La cosa empezó mal. A su llegada al Camp Nou, Joan Gaspart fue insultado por un numeroso grupo de aficionados, algunos de los cuales mostraron un vehemente deseo de estrangularlo o romperle la cabeza de un botellazo. En esta apasionante película de terror interpretada por técnicos y directivos del Barça, el vicepresidente ha adoptado una actitud casi suicida que consiste en apechugar no sólo con los insultos que, por derecho propio, le corresponden, sino también con los de los demás.Fue el preludio de una tarde histórica. Los ruidosos gritos contra Núñez acompañaron la llegada de una directiva desprestigiada por su propio presidente. Mayoritariamente, sin embargo, se cocía una serena expectativa que cualquier chispa podía incendiar. Y en eso salió Núñez, enano para unos, monstruo de las finanzas para otros. Su aparición en el palco provocó una inmediata pañuelada menos virulenta de lo que muchos esperaban, que se apaciguó con los primeros compases del partido. La masa social, que a estas alturas ya no se fiaba ni de su padre, continuaba esperando.

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Núñez salió al lujoso vestíbulo del palco acompañado de una serie de hombres con traje que, sucesivamente, se le acercaban para darle palmaditas en la espalda y quitarle importancia a la pañuelada. Alargué la oreja en plan inspector Gadget y capté algunas frases de sus consoladores seguidores: "No hi ha projecte" (No hay proyecto) "Era necessari" (Era necesario). Núñez, impasible, seguía estas muestras de cariño con las manos en la espalda, y movía los hombros resignadamente como el padre que ya no sabe qué hacer con un hijo descarriado que insiste en cometer públicas gamberradas. El sábado fue incapaz de dar la cara para despedir a un Cruyff, que lleva dos temporadas, haciendo cosas muy raras. En el enmoquetado vestíbulo, algunas caras conocidas: Koeman, Vilajoana, Vilaseca, Cambra, Sobrequés, y mucha sonrisa tensa.

En la segunda parte, y tras el segundo gol del equipo visitante, se mascó la tragedia. Hasta que, de pronto, a Cuéllar se le ocurrió que quizás había llegado el momento de justificar su fichaje con esa cosa tan bonita llamada gol.

Y entonces ocurrió. O, por lo menos, yo lo vi. Guiada por el viento primaveral, la flor de Johan Cruyff bajó lentamente del cielo y se posó sobre el césped. De la impotencia de un equipo mediocre y de la tibia indignación del graderío, (que, a falta de espectáculo, se dedicaba a aplaudir a Eusebio) se pasó al delirio.

Jordi, todo descaro, pidió el cambio y, ante las narices del malvado Fu-Manchú y su séquito, ejecutó una danza de agradecimiento con lanzamiento de camiseta incluido que, personalmente, me sonó a despedida. No lloré porque estaba trabajando, pero el espectáculo fue de una extraña belleza plástica. La masa social, harta de que la directiva le repitiera que "la masa social no se dejará manipular", se dejó manipular gustosamente en un ejercicio colectivo de onanismo futbolístico. A Núñez no le quedaba saliva por tragar.

Casi todos seguían los acontecimientos por la radio, que ayer volvió a demostrar su supremacía. Media hora más tarde, Núñez compareció ante los periodistas e interpretó un largo monólogo guiado por el resentimiento y un estilo personal que pasará a la historia por un tono siniestro que, no me pregunten por qué, me recordó al siniestro Fu-Manchú.

* Este artículo apareció en la edición impresa del 0019, 19 de mayo de 1996.

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