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SAN ISIDRO 96

Pocas chulapas y menos 'isidros'

El pasacalles de Carabanchel Bajo discurrió en una tímida animación con medio centenar de vecinos

Modestos, sencillos y trabajadores. Como el santo. Sólo medio centenar de vecinos de San Isidro recorrieron ayer las calles del barrio de Carabanchel Bajo en su tradicional pasacalles. Desde hace 18 meses, ellas desempolvan el vestido de chulapa, lucen en la cabeza dos claveles reventones sujetos con la pañoleta y se dejan abrazar con gracia por el mantón negro. Ellos, los isidros, pocos, la verdad, llevaban chaleco y gorra en blanco y negro. Uno de ellos, Jesús Sánchez, asesor técnico de 31 años, justificaba entre bromas la escasa presencia masculina en el festejo. "Es que siempre los hombres vamos un poco rezagados. Nosotros empezamos a animarnos más tarde".A su lado, frente a la puerta del local de la Asociación de Vecinos de San Isidro, ocho espléndidas mujeres con lunar pintado en la mejilla, ensayaban unas con otras los pasos de baile. "A falta de hombres tenemos que bailar entre nosotras", comentaba una de ellas.

En una esquina aguardaban para abrir el cortejo ocho jinetes a caballo, todos de la Escuela Hípica Campogrande. Mientras, la presidenta de la asociación, Julia García, aprovechaba la presencia de la prensa para expresar una queja: "Este año, el paseo Quince de Mayo [que desemboca en la pradera de la ermita de San Isidro] se ha convertido en un zoco de quioscos de bebidas y de bares. Apenas hay botijeros ni rosquilleros. El Ayuntamiento ha puesto unas tasas muy altas, de unos cuatro millones de pesetas, y ya se sabe que siempre los grandes se comen a los pequeños".

Otra vecina apuntaba: "Queremos los botijeros, los rosquilleros y los churreros de toda la vida, y que se dejen de tanta bebida". Todos coincidían: la tradición, antes que los puestos de hamburguesas y de hot dogs (perritos calientes) instalados en el paseo. "Queremos que se conserve el espíritu de romería y no vamos a consentir que conviertan la fiesta en un mercado", apuntaba la presidenta vecinal.

La fiesta iba a comenzar. Decenas de vecinos seguían a los caballos. Majestuosos, abrían paso por el camino Viejo de Leganés. En balcones y ventanas, los curiosos se asomaban y aplaudían al pasacalles. Por la acera de la calle General Ricardos cada vez se iba sumando más gente. Y más niños y niñas vestidos de chulapones. Puri, de tres "años, con lunar, rabillo en el ojo y coloretes pintados, estrenó ayer su vestido rojo y blanco, que había cosido esta semana su abuela Manuela. Era la primera fiesta de largo de la niña y, para celebrarlo, toda la familia se había echado a la calle. Su madre, Teresa, de Córdoba, muy orgullosa de lo graciosa que estaba la niña, comparaba Madrid a una puerta abierta: "La mayoría somos de otras ciudades, pero sentimos la fiesta de San Isidro como nuestra. Y es bueno qué los padres inculquemos a los niños las tradiciones de la ciudad en la que vivimos y que la sientan como suya desde pequeños".

Una de las chulapas más veteranas, Josefa Menéndez, de 66 años, comentaba: "La verdad es que el barrio no participa mucho, pero poco a poco la gente parece que se va animando. Lo importante es que no llueva". Las nubes amenazaban con arreciar agua a media tarde.

El aguacero del sábado había traído de cabeza a los organizadores del posterior baile en la pradera. "Hemos estado rastrillando toda la mañana y llevamos todo el día buscando dos camiones de tierra, pero hoy es domingo. La verdad es que lo de la lluvia no estaba previsto", decía la organizadora, Julia García.

A los primeros compases de la orquesta y de los gritos de los aficionados del Vicente Calderón el cielo quedó despejado.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 13 de mayo de 1996