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Tribuna:

Garzón

Tuve a Garzón a tiro, de mirada se entiende, en ocasión del homenaje a Blas de Otero durante un curso de verano en El Escorial. Garzón se reveló como un excelente conocedor y recitador de la poesía de Blas. Luego cenamos mano a mano la misma noche en que García Damborenea cantó La traviata y casi todo el abecedario de los GAL. El juez comió sin tomar vino ni bebida alcohólica alguna (no digo lo que bebía para que no lo utilicen sus enemigos) y hablaba con una calma increíble tras un día que ya era histórico Guardo lo que me dijo para Un polaco en la corte del rey Juan Carlos, pero anticipo que el juez es un prodigio de memoria detallista y que, como toda persona con el amor propio desarrollado, conserva fotograma por fotograma las secuencias de los agravios recibidos.Técnicamente, un juez instructor de la Audiencia Nacional está llamado a convertirse en una vedette a poco que el caso que tenga entre manos cotice en el mercado del presunto delito. No es necesario que tenga deseos de ingresar en el star system porque el estrellato de la justicia, tal cómo está montada en España, pasa por el juez instructor, que es el que sale en la tele secundado por los abogados de ida o vuelta que tratan de arrimar la sardina o el tiburón a su ascua. Sobre Garzón, como sobre Bueren, cayó el estigma de juez estrella y en los círculos de Jueces para la Democracia se me dijo que el uno y el otro habían sido prefabricados por Rafael Vera para disponer, a la manera italiana, de superjueces mitificables en la lucha contra el narcotráfico. Lo cierto es que Garzón fue acosado e injuriado cuando se limitó a cumplir con su, deber como uno de los cinco jueces de instrucción de la Audiencia Nacional obligados a asumir los casos que les echan. Ahora, ¿alguien convocará una cena de homenaje a Garzón como acto de desagravio?

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 29 de enero de 1996