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Mobiliario urbano

A veces, uno se levanta de la cama con la sensación de que están conspirando contra él. A Felipe González le pasa todos los días, y a mí, de vez en cuando. Desde luego, me ocurre siempre que el Ayuntamiento tiene una idea. Ahora, con esos quioscos y pantallas que sólo sirven para exhibir publicidad y que alguien ha tenido la genial idea de poner en las aceras, he llegado a la conclusión de que existe, por parte de las autoridades municipales, el propósito de volverme majara para que ingrese en un psiquiátrico. Se trata de un método de exterminio más sofisticado, más sutil, pero no por ello menos efectivo. Hubo un tiempo en que la autoridad disfrutaba ejerciendo el poder con métodos expeditivos, directos, evidentes, pero eso forma parte de la historia. Vivimos en la era de la ciencia, del control, de la imagen, y existen lujos que los mandos no pueden permitirse. Esto no quiere decir que la autoridad renuncie al placer de ejercer el poder, sino que tiene que hacerlo de otra manera, y para ello actúa con un acoso invisible, progresivo y constante, minando la sensibilidad y la psique de uno de los dos grupos de ciudadanos en lo que se llama licuación crónica activa de la materia gris, que no es otra cosa que la conversión paulatina de las neuronas en un fluido perfecto.Decía que la autoridad actúa sobre uno de los dos grupos, porque los ciudadanos se dividen en dos gran des grupos: los críticos y los sofronizados. Los primeros se caracterizan por estar todo el día dando el coñazo; los segundos, porque no lo dan nunca. Los primeros tienen razón; los segundos, también. Los primeros piensan; los segundos, no. Los primeros no sobrevivirán; los segundos, sí. Los primeros caminan hacia la paranoia aguda; los segundos, hacia la oligofrenia profunda. Los primeros se quedan perplejos ante los cientos de cacharros que el Ayuntamiento ha puesto por las calles; a los segundos les parecen necesarios y preciosos. Los primeros sufren ante el derroche de esfuerzo, tiempo y dinero en la inutilidad; los segundos están orgullosos de que les hayan llenado la calle de monumentos. Los primeros están hartos de que les metan información contra su voluntad; los segundos se recrean en las frases publicitarias, pensando que es literatura de calidad. Los primeros ven en el desmesurado número de cacharros un ataque a la razón y una imposición irreversible; los segundos están contentos ante la posibilidad de salir en el libro Guinness de los récords.

En el fondo, a los primeros les gustaría tener el valor de renunciar a su cerebro y dejarlo en casa por las mañanas, cuando salen al trabajo, pero no se atreven porque saben que la consciencia también tiene sus compensaciones. Le da a uno la sensación de estar vivo, de ser individuo en lugar de protoplasma, pero por esa extraña ensatisfacción innata en el ser humano que le lleva a desear estar en el lado opuesto al que se encuentra, a veces los primeros quisieran adoptar la idiocia de los segundos, temporalmente, de forma aguda. Poder participar de esa alienación colectiva y caminar por la calle en semilevitación, con la secreción salivar a punto de rebasar las comisuras de los labios, ajenos a todo lo que les rodea salvo a una amapola que, casual, espotánea, accidental, brota en la base de una parada de autobús gracias a un montocito de arena que ha quedado entre el cemento de la acera y la junta de metal de la base de la parada en la última remodelación del subsuelo.

A los segundos, los sofronizados, por el contrarío, no les tienta la posibilidad de tener cerebro propio, porque creen firmemente en que hay seres superiores que pueden y deben pensar por ellos. Así, no teniendo activo el cerebro, disponen de más tiempo para la abstracción, la enajenación, la especulación elemental, y disfrutan en la contemplación del nuevo mobiliario urbano extasiados en el intento de descifrar el sentido de los eslóganes del Ayuntamiento, maravillados ante la perfección a la que ha llegado el hombre cuando se propone hacer cosas bonitas, agradecidos a la autoridad por llevarles tamañas obras de arte ante sus ojos. Pero la vida del alienado no está del todo ausente de riesgos. A veces, estas reflexiones les crean confusiones que les duran meses, periodos en los que no pueden valerse por sí mismos, y entran en crisis de identidad que les hacen añorar un tiempo en el que las ovejas volvían inmediatamente al rebaño porque los perros de carea estaban siempre alertas a cualquier movimiento extraño. Ahora, cuando tienen dudas, deben pensar por sí mismos, encontrar solitos la solución a sus conflictos, y por eso agradecen los muchísimos puestos de propaganda que el Ayuntamiento ha puesto en la calle. Tienen fe en que esas señales les marcarán el camino.

En su paraíso fronterizo sólo esperan que la autoridad cambie las frases, porque las de ahora ya se las saben.

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