Disparos contra una sentencia
Un hombre de 68 años mata a cinco personas en un juzgado de Linz y se suicida
VIVIANNE SCHNITZER Comenzó como un juicio rutinario y sin complicaciones por una plaza de aparcamiento. Todo indicaba que el juez del tribunal de la ciudad austriaca de Linz iba a dictar sentencia rápidamente. Lo hizo, y de inmediato, el querellante, Rudolf Kehrer, jubilado de 68 años, perdió el juicio: el que se celebraba y el otro. Y, ciego de ira, sacó una pistola y empezó a disparar. Murieron el juez, uno de los dos abogados, el demandado y una de las testigos, madre de cuatro niños. Y estas cuatro muertes no serían las únicas.
Kehrer, tras la matanza, salió corriendo por uno de los pasillos, donde siguió disparando enloquecido. Así, mató a otro juez y dejó gravemente herida a una joven abogada que tenía ayer en la corte su primer juicio y a otra persona que pasaba por allí.
Tras ello, se escondió en alguna parte del edificio judicial. La policía le, buscaba, en parte, con miedo a encontrarle parapetado tras rehenes. El resulta do fue que Kehrer no tuvo excesivos problemas para abandonar los juzgados, montar en su automóvil, un Volkswagen Golf de color rojo, y apretar el acelerador para dirigirse a una casa en Lichtenberg, en la que acostumbraba a pasar los fines de'semana. Ya no salió de ella. Puso fin a su vida con la misma pistola con la que poco antes había matado a- cinco personas y herido a otras dos.
Era sólo un pleito entre vecinos, con algunos gritos e insolencias incluidas, como puede ocurrir en cualquier parte. Rudolf Kehrer, de 68 años y mal carácter, según su vecinos, se sintió poseído por la rabia que le producía la lucha sostenida y diaria por el espacio para su automóvil. Se había querellado por injurias y ofensas contra el enemigo que le obsesionaba. Y perdió.
Pero el odio entre vecinos, mascado día a, día durante meses y años, resultó fatal. Kehrer había llegado al juzgado a las tres de la tarde. La sala estaba llena de curiosos, testigos y familiares de ambas partes. Se sentó simulando serenidad, pero la perdió en el momento de escuchar el fallo del juez. En segundos sacó del bolsillo de su abrigo la pistola y efectuó 15 disparos, antes del último y definitivo.
Ctihdió el pánico en la sala, la gente se tiró al suelo, llegaron las ambulancias, la policía y los funcionarios forenses llevaron los ataúdes a la sala con el suelo cubierto de sangre para trasladar los cuerpos. Hubo histeria, gritos y confusión.
La policía, sin saber que el homicida había huido, pidió reiteradamente a la población que no se acercara por el lugar. Era peligroso, explicaba. Un llamamiento general hubiera surtido menos efecto: centenares de personas se agolparon en las inmediaciones de los juzgados: querían ver la película en directo, sin pensar que no era una película y que todo había terminado.


























































