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NECROLÓGICAS

Ha muerto María Brey Mariño

Acaba de morir María Brey Mariño. Su nombre y su apellido pueden no significar nada para el profano que no conozca los entresijos de las selvas filológigas. No era una persona que se prodigara en busca de ningún reconocimiento público; le bastaba la convicción de sus, ideas y el privilegio de ser inteligente espectadora de los bullicios de los de más. Era gallega de pro, de Puebla de Trives, provincia de Orense, y eso imprime carácter; con 85 años sabía ya que. el mundo fue como ella lo conoció y vivió, el futuro lo dejaba siempre para un poco después.Había estudiado en Bilbao, y Filosofía y Letras en la vieja Universidad Central de la calle de San Bernardo; tuvo el privilegio de conocer y saborear ese irrepetible Madrid anterior a 1936. Fue becaria de la Junta para Ampliación de Estudios en el Centro de Estudios Históricos, donde trató a la flor y nata de las celebridades de nuestra filología, y se decidió desde muy temprano por el mundo de los libros y de los legajos al entrar en 1931 en el cuerpo de Archivos y Bibliotecarios. Fue destinada a Santiago de Compostela y, más tarde, por concurso de méritos a la Biblioteca de la Presidencia del Consejo de Ministros, y ya en plena contienda a la Junta de Adquisición de Libros. Al acabar la guerra fue destinada a Huelva y, posteriormente, a la Biblioteca de las Cortes.

Dirigió exposiciones, congresos y reuniones de investigación bibliotecaria, y publicó numerosos trabajos, sin más pretensiones que mostrar con cuentagotas a sus fieles lectores que conocía y dominaba la investigación literaria. Tradujo autores franceses de bibliofilia: a Lacroix, a Asselineau, a Uzanne; persiguió la pista y los textos de escritores como la religiosa Luisa de Carvajal, el cardenal García Hernández o el sentido Juan Meléndez Valdés: colaboró en algún catálogo de envergadura como el de los manuscritos poéticos españoles de The Hispanic Society of America y puso en castellano actual para muchos lectores el Libro de buen amor en su querida colección de Odres Nuevos, que dirigió con conciencia y entusiasmo. Y además leía novelas policiacas y se casó con Antonio Rodríguez-Moñino.

Fue durante 25 años la viuda de uno de los hombres mi, significativos de la cultura, española de este siglo y aceptó ese obligado nombramiento como otra de las muchas tareas de su existencia. Alentó siempre su memoria, su recuerdo y la vigencia de sus trabajos y de su forma de entender la literatura española; cuidó de una de las bibliotecas mejor dotadas para comprender nuestro pasado y defendió, siempre con el inteligente silencio de la experiencia, una manera de ver los libros, los manuscritos y los papeles. Tuvo una tertulia que reunía a los compañeros de tantos años y la entrada de su biblioteca estaba siempre abierta al investigador que la reclamaba, desde el doctorado temeroso al erudito consagrado. A mí me abrió sus puertas como lo primero hace casi 20 años y desde entonces no ha dejado de compartir conmigo su humanidad y su sabia ironía. Muchos trabajos se los debo a su inteligente manera de tentarme con ejemplares únicos o con manuscritos desconocidos, incluso la convencí para escribir a medias una edición, que desgraciadamente tiene que aparecer póstuma: hemos hablado tanto de libros, y de literatura, y de autores literarios, y de críticos, y de filología, que acabamos leyendo juntos el abecedario de Sue Grafton.

Con ella se han ido instantes y emociones de las que me hizo cómplice, signos de una existencia que rezumó literatura y bibliografía, momentos que los libros y los amigos le dejaron en las manos. Una parte de nuestra memoria cultural se queda resguardada en nombres como el suyo, inserto entre la nómina de todos nuestros recuerdos, presente en la labor, a veces tan callada, de lo que de su vida nos regaló para siempre.-

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 8 de febrero de 1995