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Tribuna:

La muerte del gran escritor

En un ensayo recién aparecido, La mort du gran écrivain, Henri Raczymow sostiene que ya no hay grandes escritores porque se han impuesto la democracia y el mercado, incompatibles con el modelo de mentor intelectual que fueron para sus contemporáneos un Voltaire, un Zola, un Gide o un Sartre, y, en última instancia, letales para la literatura. Aunque su libro habla sólo de Francia, es evidente que sus conclusiones, si se tienen en pie, valen también para las demás sociedades modernas.Su argumentación es coherente. Parte de un hecho comprobable: que, en nuestros días, no hay una sola de aquellas figuras que, en el pasado, a la manera de un Victor Hugo, irradiaban un prestigio y una autoridad que trascendían el círculo de sus lectores y de lo específicamente artístico y hacía de ellas una conciencia pública, un arquetipo cuyas ideas, tomas de posición, modos de vida, gestos y manías servían de patrones de conducta para un vasto sector. ¿Qué escritor vivo despierta hoy esa arrebatada pasión en el joven de provincias dispuesto a dejarse matar por él, de que hablaba Valéry?

Según Raczymow, para que se entronice un culto semejante al gran escritor es indispensable, antes, que la literatura adquiera un aura sagrada, mágica, y haga las veces de la religión, algo que, según él, empezó a ocurrir en el Siglo de las Luces, cuando los filósofos decidas e iconoclastas, luego de matar a Dios y a los santos, dejaron un vacío que la República debió rellenar con héroes laicos: el escritor, el artista, fueron los profetas, místicos y superhombres de una nueva, sociedad educada en la creencia de que las letras y las artes tenían respuesta para todo y expresaban, a través de sus mejores cultores, lo más elevado del espíritu humano. Este ambiente y creencias propiciaron aquellas vocaciones asumidas como una cruzada religiosa, de entrega, fanatismo y ambición poco menos que sobrehumanos, de las que resultarían las realizaciones literarias de un Flaubert o de un Proust, de un Balzac o de un Baudelaire, grandes creadores que, aunque muy diferentes entre sí, compartían la convicción (era también la de sus lectores) de que trabajaban para la posteridad, de que su obra, en caso de sobrevivirlos, contribuiría a enriquecer a la humanidad, o, como dijo. Rimbaud, "a cambiar la vida", y los justificaría más allá de la muerte.

¿Por qué ningún escritor contemporáneo escribe ya espoleado, como aquéllos, por la tentación de la inmortalidad? Porque todos han llegado al convencimiento de que la literatura no es eterna sino perecible, y que los libros se escriben, se publican, se leen (a veces) y se volatili2an para siempre. Esto no es un acto de fe, como el que hizo de la literatura un que hacer supremo e intemporal, un panteón (le títulos incorruptibles, sino una cruda realidad objetiva: hoy los libros no son pasaportes hacia lo eterno, sino esclavos de la actualidad ("del aquí y del a'hora", dice Racz ymow). Y quien los escribe ha sido desalojado del Olimpo donde tronaba, a salvo de las contingencias de la vida mediocre, y nivelado con el "vulgo municipal y espeso" de la de mocracia que repugnaba tanto al aristocrático Rubén. Y a Flaubert, para quien el sueño democrático consistía "en elevar al obrero al nivel de bétise del burgués".

Dos son los mecanisos que, en la sociedad democrática, han ido desacralizando la literatura hasta convertirla únicamente en producto industrial.. Uno es sociológico y cultural. La nivelación de, los ciudadanos, la extinción de las élites, el arraigo de la tolerancia -del derecho "a la diferencia y a la indiferencia"- y el consiguiente desarrollo del individualismo y el narcisismo han abolido el interés por el pasado y la preocupación por el futuro, centrado la atención en el presente y tomado en máximo ideal la satisfacción de las necesidades inmediatas. Víctima de este presentismo ha sido lo sagrado, realidad alternativa cuya razón de ser desaparece cuando una comunidad, contenta o descontenta con el mundo en el que vive, acepta a éste como el único posible y renuncia a la alteridad de la que las creaciones literarias eran emblema y alimento. En una sociedad así puede haber libros, pero ha muerto la literatura.

El otro mecanismo es económico. "No hay otra democracia, ay, que la del mercado", dice Raczymow, lo que significa que el libro, despojado de su condición de objeto religioso o mítico, se vuelve una mera mercancia sometida al frenético vaivén a la ley de hierro de la oferta y la demanda, en la que "un libro es un producto, y un producto elimina a otro, incluso del mismo escritor". La, trivialización es el resultado de esa vorágine en la que ningún libro permanece, en la que todos pasan y no vuelven, Pues la literatura ya sólo cuenta como producto de consumo inmediato, entretenimiento efímero o información que caduca en el instante de ser conocida.

Ahora bien, el gran instrumento de la democracia no es el libro, sino la televisión. Ella divierte y entretiene a la sociedad nivelada, suministrándole las dosis de humor, emociones, sexo y sentimientos que requiere para no aburrirse. La pequeña pantalla ha conseguido realizar aquella desmedida ambición que ardió siempre en el corazón de la literatura y que ésta nunca alcanzó: llegar a todo el mundo, hacer comulgar a la sociedad entera con sus creaciones.

En "el reino del narcisismo lúdico" los libros han pasado a ser del todo prescindibles, lo que, por lo demás, no implica que vayan a desaparecer. Puede que continúen proliferando, pero vaciados de la sustancia que solían tener, viviendo la precaria y veloz existencia de las novedaes, confundidos y canjeables en ese mare magnum en el que los méritos de una obra se deciden en razón de la publicidad[ o de la capacidad histriónica de sus autores. Porque la democracia y el mercado han operado, además, esta reinversión: ahora que ya no hay opinión pública, sólo público, son los escritores estrella los que saben sacar buen partido a los medios audiovisuales, los mediáticos quienes dan prestigio a los libros y no al revés, como ocurría en el pasado. Lo que significa que hemos llegado a la sombría degradación anticipada insuperablemente por Tocqueville: la era de unos escritores que "prefieren el éxito a la gloria".

Aunque no comparto del todo el pesimismo de Henri Raczymom, sobre el destino de la literatura, he leído su libro con mucho interés porque, me parece, pone el dedo en la llaga de un problema a menudo soslayado: el nuevo rol que ha impuesto al escritor la sociedad abierta moderna. En ella, es cierto, ya no tiene sitio el escritor mandarín, aquel que, como Sartre en Francia, u Ortega y Gasset y Unamuno en su tiempo, o un Octavio Paz todavía entre nosotros, hace las veces de guía y maestro en todas las cuestiones importantes y suple un vacío que por la escasa participación de los demás en la vida pública, o por falta de democracia o por el prestigio mítico de la literatura, sólo el gran escritor parece capaz de llenar. En una sociedad libre aquella tutoría que ejerce el escritor a veces provechosamente en las sociedades sometidas resulta inútil: la complejidad y multiplicidad de los problemas lo conducen a desbarrar si se empena en dar su parecer sobre todo. Sus opiniones y tomas de posición pueden ser muy lúcidas, pero no necesariamente más que las de cualquier otro un científico, un profesional," un técnico y, en todo caso, deberán ser juzgadas por sus propios méritos y no por provenir de alguien que escribe con talento. Esta desacralización de la persona del escritor no me parece una desgracia; por el

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contrario, pone las cosas en su sitio real, pues la verdad es que escribir buenas novelas o hermosos poemas no implica que quien está así dotado para la creación literaria goce de clarividencia generalizada.

Tampoco creo que haya que rasgarse las vestiduras por que, como dice Raczymow, en la sociedad democrática moderna la literatura deba ante todo divertir, entretener, para justificar su existencia. ¿No lo han hecho acaso siempre las obras literarias que admiramos, las que, como el Quijote o Guerra y paz o La condición humana releemos y nos hipnotizan como en la primera lectura? Es verdad que en la sociedad abierta, que tiene disponibles múltiples mecanismos para la exposición y el debate de los problemas y las aspiraciones de los grupos sociales, la literatura deberá ser sobre todo entretenida o, simplemente, no será. Pero la diversión, el entretenimiento, no están reñidos con el rigor intelectual, la audacia imaginativa, el vuelo desalado de la fantasía ni la elegancia expresiva.

En vez de deprimirse y considerarse a sí mismo un ser obsoleto, expulsado de la modernidad, el escritor de nuestro tiempo debería sentirse estimulado por el formidable desafio que significa crear una literatura que sea digna de aquélla, capaz de llegar a ese inmenso público potencial que lo espera, ahora que, gracias a la democracia y el mercado, hay tantos seres humanos que saben leer y pueden comprar libros, algo que jamás ocurrió en el pasado, cuando la literatura era, en efecto, una religión y el escritor un pequeño dios al que rendían culto y adoraban las inmensas minorías". Que haya bajado el telón para los escritores pontífices y narcisos, sin duda; pero el espectáculo puede aún continuar si quienes sucedan a aquéllos consiguen que sea menos pretencioso y muy divertido.

Mario Vargas Llosa 1994. Derechos mundiales de prensa en todas las lenguas reservados a Diario EL PAÍS, SA, 1994.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 4 de diciembre de 1994

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