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Dos semanas al borde del fin del mundo

La náufraga francesa tuvo que arrojar al mar el cadáver de su marido y perdió a su hija

Louise Longo-Huyghue, una decoradora francesa de 36 años, ha sido la única superviviente de un naufragio que, a pesar de haber sucedido ahora y en un yate, tiene más tintes de las tragedias marinas de Conrad que de los televisivos misterios caribeños del triángulo de las Bermudas. Toda tragedia marina, tiene nombre de barco y comienza en un puerto.El Jan van Gent había zarpado el 30 de septiembre de la ciudad francesa de La Rochelle rumbo a Senegal, con Bernard Huyghue, Louise y su hija Gaella, de cinco años. Era, y es, un excelente yate de 12 metros de eslora, en el que prácticamente vivían.

Todo empezó en un instante no precisado, entre el 5 y el 8 de octubre, a unas 120 millas de Finisterre. Louise estaba al timón cuando un fuerte golpe de mar alcanzó de lleno el barco y rompió dos cristales de la cabina, que hirieron- a su marido, dormido a su lado. Según le contó al cónsul adjunto francés en La Coruña, Francisco Dotras, resolvieron abandonar el yate al sufrir un segundo golpe que embarcó agua en la nave. Tuvieron que salir por la ventana rota porque la fuerza del mar había atascado la puerta.

Quizá no fue una buena decisión, porque un barco es más localizable que una pequeña balsa hinchable de dos metros. Además, sólo habían cargado para alimentarse unos pasteles mojados. A los tres días, Bernard comenzó a delirar y murió. Durante otros tres, Louise conservó su cuerpo, hasta que el peso de todos empezó a hacer peligrar la estabilidad de la balsa y se obligó a sí misma a arrojarlo por la borda.

En ese tiempo, el yate había sido ya avistado por el mercante Soro. El día 12, el remolcador de salvamento marítimo Alonso de Chaves lo encontró, anegado pero a flote con dos lanchas a su costado, y lo transportó hasta La Coruña. Lo habitual es que un barco de este tipo lleve únicamente una o dos lanchas auxiliares. Esto y el buen estado del yate llevaron a los, servicios de salvamento a suponer que el barco sólo tenía dos balsas y que los tripulantes habían sido arrastrados por una ola. Los aviones, del SAR y del servicio francés de aduanas, rastrearon la zona sólo uno o dos días más.

En el mar, Louise y Gaella resistían a base de agua de lluvia y recorrieron quizá un centenar de millas. Estaban a 150 de La Coruña y a 120 de donde había partido el yate a primera hora de la tarde del jueves, cuando el mercante ruso Petrovski avistó la balsa entre olas de dos metros. Louise, por boca del cónsul, recuerda a un tripulante "valerosísimo" que intentó descender por el costado del enorme buque de 120 metros de eslora, para izar a la niña. Una ola precipitó la balsa contra el carguero y la hizo volcar. "No se preocupe, les vamos a ayudar", recuerda o sueña Louise que les dijeron, pero Graella se hundió en el mar.

Los tripulantes del Petrovski avisaron al centro de salvamento de Finisterre y en poco más de una hora llegó el helicóptero Helimer Galicia. "Fue complicado, porque había viento de fuerza seis y empezó a llover mucho. Los rusos habían trazado marcas de agua y lanzado un bote de humo para señalizar la balsa, pero nos costó trabajo divisarla y no la vimos hasta que estuvimos a 300 metros", recuerda el comandante del helicóptero, Evaristo Álvarez. "En cuanto la izamos Louse se echó a llorar".

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 22 de octubre de 1994