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Editorial:

Luces y sombras en El Cairo

EN LOS nueve días que duró la Conferencia sobre Población y Desarrollo de El Cairo, el planeta se poblaba con dos millones más de seres humanos. Pero el movimiento de este imparable reloj demográfico no amilanó a quienes habían acudido a la conferencia con el ánimo de preservar un determinado dogma religioso o una vieja, aunque respetable, tradición.El Vaticano tomó un previsto protagonismo al entretener la conferencia con una falsa y entorpecedora disputa sobre el aborto. Falsa porque el texto preliminar no lo contemplaba como un método de planificación familiar, sin o que advertía contra una clandestinidad que provoca auténticos desastres de salud pública. A pesar de que la mayoría de los países se avinieron a introducir algunos retoques semánticos a dicho texto, el Vaticano y algunos países católicos de su órbita mantuvieron su reserva contra este apartado.

Y entorpecedora porque el largo debate sobre el aborto restó tiempo para analizar como se merecía el incómodo problema -para los países ricos- de las políticas migratorias y propició que quedaran en el aire los compromisos económicos con las políticas educativas y de desarrollo. El bloque formado por Estados Unidos y la Unión Europea consiguió consagrar la soberanía nacional de la política de fronteras y apenas se abrió la espita para admitir el principio de la reunificación familiar en el caso del emigrante documentado. El infierno del extranjero ilegal mereció su inclusión en el capítulo de las buenas intenciones.

Con todo, al margen de la infinitud de considerandos que puede merecer la barroca redacción consensuada de algunas conclusiones,. la conferencia de El Cairo ha valido la pena. Su celebración ha desvelado las estrategias de los intereses nacionales o religiosos, y ello ha resultado especialmente pedagógico para todos. Y lo ha sido incluso para los mismos sostenedores de tales intereses, enfrentados a la discrepancia cuando muchos están demasiado acostumbrados a escucharse sólo a sí mismos o a un poder sin democracia.

De otro lado, la mujer ha sido la lógica y auténtica protagonista de El Cairo. Y aunque en algunos países occidentales -olvidando que nuestras abuelas todavía tenían que ser sufragistas- pueda parecer un progreso escaso, el escenario de la conferencia ha servido para vocear la necesidad de emancipar a la mujer, en buena medida, a través de su incorporación plena a los sistemas educativos, y el logro de este objetivo comportará a largo plazo una radical transformación de determinados horizontes sociales.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 18 de septiembre de 1994