Selecciona Edición
Conéctate
Selecciona Edición
Tamaño letra

Acampada forzosa en Son Sant Joan

Los pasajeros atrapados por los retrasos duermen, comen y sudan en el aeropuerto mallorquín

"¡Que se enteren en la ONU! Pase y verá: no queda ni un metro de suelo libre. En Inglaterra habrían cerrado ya el aeropuerto". Quien hace esta advertencia es uno de los policías que controlan los pasaportes en el aeropuerto mallorquín de Son Sant Joan. Tras el funcionario, la tierra de nadie: una inmensa sala de embarque donde 5.000 pasajeros -en su mayoría británicos- llevan dos tres y hasta cuatro horas esperando su avión.El caos aéreo -disimulado por los portavoces oficiales está en plena efervescencia. Durante la madrugada del domingo, los controladores marselleses han acentuado su lelo y levantan muros en el cielo. Más de 500 personas duermen por los suelos. Los niños y bebés desvelados han sido acomodados en colcho nes hinchables o en las guarde rías habilitadas. Los más jóvenes beben cerveza antes de tenderse sobre las baldosas. El calor es agobiante y muchos turistas van vestidos de playa. El aire acondicionado no se nota. Los operarios de limpieza deambulan con dificultad entre las masas con sus contenedores. Bandejas con res tos de comida salpican la sala.

"Casi no hay espacio para meter el cepillo para barrer" dice Francisco Beltrán, jefe de terminales de Palma de Mallorca, quien a la una y media de la madrugada contabiliza hasta 38 vuelos de salida que acumulan retraso. "Ibamos bien", dice Beltrán, "pero se ha desbaratado la situación. Nos tenemos que espabilar y aprovechar para limpiar cuando embarca un vuelo".

300 pasajeros de dos vuelos de Spanair, que permanecen desde hace seis horas atrapados en Son Sant Joan, hacen cola para recoger su bandeja de comida gratis: un cuarto de pollo, pan de molde y refresco. Varios damnificados con otros destinos intentan colarse. Las zonas de butacas están atiborradas. Poco a poco, se van formando corros de gente que simulan una acampada: comen sentados sobre el pavimento. Otros juegan a las cartas y el quiosco ha agotado las chocolatinas y los crucigramas.

Joan, es una azafata inglesa que supera el colapso con la sonrisa en los labios: "Esto es una jaula. A este grupo de viajeros de Glasgow el operador los tiene sin noticias, sin comida ni bebida desde hace seis horas". Una riada de atrapados por el conflicto demanda noticias ante un mostrador. No hay excesivos nervios. El sueño rebaja el cabreo.

"¡Que me caiga muerto si es cierto que nos han avisado por los altavoces!". Michael reta impotente a un agente de la compañía que contrató. Los técnicos españoles alentan la solidaridad internacional: "Los jodidos controladores franceses nos fastidian a todos".

Román Panadés, ejecutivo de servicio del aeropuerto, matiza, desde su despacho, alejado del tumulto, la gravedad de la situación: "Vamos mejor que otros días". La terminal destinada a vuelos nacionales y al pasaje con Alemania está prácticamente desierta. Un piloto comercial español víctima también de la huelga de celo ofrece su versión: "Llevo cuatro horas esperando el avión con el que debo ir a Irlanda y ahora, de nuevo, los franceses, han cerrado el espacio aéreo".

Son casi las cuatro de la madrugada, Antoni, un guía español, espera desde media noche la llegada de un grupo procedente de Zurich: "El sábado pasado los turistas vinieron con 24 horas de demora acumulada". A su lado, José Juan, chófer de autobús, consume los minutos leyendo Psicología aplicada a la conducción, apoyado en una papelera: "Tendremos que hablar con el amigo Mitterrand", concluye. Un millar de bronceados turistas empuja sus maletas mientras Emilio vacía contenedores. Ha logrado su primer contrato de trabajo de tan sólo dos días. A las siete de la mañana del domingo, en el ecuador del año, una tormenta despierta a los que esperan un avión que les saque de Mallorca.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 1 de agosto de 1994