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Tribuna:MUNDIAL 94

Felones

¿Por qué lo han hecho? Me pide este periódico que escriba sobre aspectos estéticos y estilísticos del Mundial y nuestros jugadores, al primer partido, se descuelgan con una perilla. Si todo me lo ponen así, no sólo iré con Camerún, sino contra España, el antipatriota por excelencia. Si se trata de uno de esos juegos capilares para atraer la suerte, podían haber escogido cualquier otro: bigote, melenas, coletas como las de Baggio o el suizo Sutter o el portero americano Meola (parece salido de una película de Tarantino o de un vídeo de Madonna). Hasta patillas a lo Neeskens habrían sido más presentables. No es sólo que yo tenga una idea arbitraria desde hace años que me confirma sin cesar la experiencia, a saber: no se puede uno fiar de los hombres con perilla ni de los que calzan sandalias (tampoco de los de barba recortada, exceptuando a Fernando Savater); y si lucen ambas cosas, entonces hay que ahuyentarlos sin miramientos: "¡Aparta de mí, especie de fraile!", algo así conviene gritarles. No es sólo eso, ya digo, sino que la perilla pertenece objetivamente a los felones y los malvados. Que no se invoque a los mosqueteros: lo que llevaban era mosca debajo del labio, era Richelieu el de la perilla; tampoco debe confundirse con la barba de chivo, alocada y simpática como la de un defensa norteamericano que parece el general Custer trotando. Peor que la perilla sólo hay la sotabarba, y espero no dar a nuestros jugadores una idea con esto. Esa barbita relamida y artera que exhibieron Salinas, Caminero, Beguiristain, Goikoetxea, Abelardo, Guardiola, Lopetegui y no sé cuántos más, ha convertido a España, sin duda, en el equipo más odiado del campeonato, aquel que todo el mundo estará ya deseando ver perder y eliminado.Los futbolistas no parecen darse cuenta de que hoy día son carne de pantalla; que las pantallas siguen siendo dominadas por el cine, con sus leyes; que en el cine cuenta mucho más el aspecto que en la vida real, ya que allí cualquier detalle está informando al espectador sobre los personajes; y que un sujeto con perilla es un villano o como mucho un psiquiatra. Llevan ese aditamento los tahúres, los traidores, los cardenales, los piratas más sanguinarios, los diplomáticos amanerados y Vincent Price cuando es más perverso.

No mejora la cosa en otros campos: en pintura se ve en siniestros contemporáneos de Felipe II y en abominables cuadros de El Greco, así que en el mejor de los casos la imagen es oscurantista. En los últimos decenios, lo más bondadoso que se ha visto con perilla son aquellos cantantes, Peter, Paul & Mary, sobre todo Mary. En cuanto a la suerte, después de Corea yo correría a afeitarme.

Horrorizado por este espectáculo, miré a la banda deseando que Clemente hubiera aprendido del elegante Pat Riley o por lo menos de Valdano y Capello. El cambio de estilo fue total, hay que reconocerlo, pero no para bien, me temo: el seleccionador ha debido creer que en Estados Unidos están permitidos todos los atentados indumentarios (y lo están muchos, pero no todos): aún me pregunto por qué eligió precisamente unos pantalones de longitud imposible (ni cortos, ni bermudas, ni tan siquiera bombachos) que sólo he visto ponerse en sus escenas más grotescas a Bob Hope y a Jerry Lewis. Clemente sí habrá caído en la cuenta de que iba a salir en pantalla. Lo malo es que se confundió de género, porque él no tiene ninguna gracia.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 22 de junio de 1994