La culpa nunca es del bicho

Los encierros de Pamplona duran minutos. En cambio, en Fuenlabrada, y en muchos pueblos de la región, algunos se tiran tres horas con cinco astados dando vueltas. Y en una ciudad de 150.000 habitantes, cuando menos 7.000 vecinos están en la calle a merced de los toros, como ayer.La cuestión es si el torero que dirige el festejo y sus 10 dobladores, los voluntarios que auxilian a los corredores, pueden controlar lo que los astados hacen con esa cantidad de gente. Y lo que esa cantidad de gente hace y deshace en las larguísimas tres horas -una de propina incluida- de jarana y carreras.

Eso suponiendo que el matador y sus ayudantes existan y sean algo más que una lista de nombres en un papel que hay que rellenar para pedir permiso. Si existen, tienen además que estar a lo que están, es decir, a impedir que se les pierdan los toros por cualquier callejón, a echar un capote a tiempo o a evitar que los bichos sufran al cafre de turno, que algo de eso se vio ayer en Fuenlabrada.

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Se ha cumplido ya un año desde que un novillo de tres años mató a un chaval en Torrelaguna (2.500 habitantes) sin que nadie tuviera un capote a mano para impedir aquella carnicería, aquel ensañamiento del toro, que embistió tres veces y le convirtió en un pelele. Además, nunca se supo a ciencia cierta si el muchacho estaba sobrio, tras una larga noche de sábado, como para correr delante de los toros con cierta dignidad. Por ello surge otra pregunta: ¿quién está pendiente de que los corredores no sean niños con ganas de vivir su primer desafío adolescente o muchachos envalentonados por unas cuantas copas que al final les pondrán plomo en las piernas?Las calles y las peflas

No todo consiste en empapelar las paredes del pueblo con un bando que da acertados consejos sobre lo que no se debe hacer en un encierro: usted no debe correr bebido, debe saber que esto es peligroso. Cada ayuntamiento debe tomar las medidas necesarias, sobre todo si la localidad no cuenta con una tradición y una cultura taurina como la que pueden exhibir Pamplona o San Sebastián de los Reyes.

Y por echar culpas, que el bicho nunca la tiene, se les puede echar la culpa a las calles. En este caso, la calle de la Arena, por la que transcurre el encierro de Fuenlabrada, es estrecha y peligrosa, porque apenas hay espacio tras las barreras de seguridad para ponerse a salvo de un cuerno demasiado cercano. El Ayuntamiento estuvo de negociación este año con las siete peñas taurinas para cambiar esa calle por otra más adecuada. Y de paso, acortar la duración de los encierros.

Pero los mozos no se dejaron convencer.

* Este artículo apareció en la edición impresa del jueves, 16 de septiembre de 1993.

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