Estereotipos sectarios
Escribo esta carta el día 1 de junio, después de una desagradable sorpresa que me ha causado estupor. No me gusta hablar de política, ni tampoco elucubrar con pluma y papel sobre los personajes que la encarnan: me resulta aburrido e inoperante. Más aún cuando estoy convencida de que , hoy por hoy, lo que se necesita son buenos administradores controlados por la sociedad civil agrupada en asociaciones de ciudadanos y consorcios de profesionales: mal que nos pese, la economía está eclipsando las ideologías. Este modo pragmático de construir el mundo puede resultar chato y poco romántico, pero al menos es aséptico. Lo prefiero a ciertas actitudes sectarias, encabronadas y resentidas, sobre todo cuando provienen de círculos a los que, hasta hace poco, he respetado y que han gobernado este país en nombre de la libertad.Desde 1982 he votado siempre al PSOE. Nunca he recibido ningún favor ni prebenda personal, pero sí he respirado hondamente en todos los rincones en los que he trabajado, Universidad y medios de comunicación. He defendido sus razones y disculpado sus errores en círculos que, por familia o amistad, han mantenido la crítica constante ante la mínima contradicción de los sujetos con carnet. Cuando me hablaban de las listas negras, ninguneos y manipulaciones sectarias expresadas. con ejemplos cercanos, confieso eran puñaladas que intentaba no cercenaran mi confianza e ilusión en la consecución de un proyecto justo, libre y progresista.
En mi especialidad se llaman estereotipos a las ideas simplificadoras de las características de un grupo social, y, en esta medida, son exponentes consistentes de los prejuicios sociales que modelan y limitan nuestra percepción de la realidad. Uno, dos, tres, muchos ejemplos he vivido en mi piel en estos últimos días. Ejemplos descarnados. Sumo y sigo.
Además de que hay gente que lee lo que desea leer, hay también aquella que además modifica, distorsiona, inventa y utiliza calumniosamente la palabra. Sectariamente. Bien, esto ocurre, y no gozo de la ingenuidad necesaria para olvidarlo. Lo que duele es lo descubierto últimamente: el machismo imperante en la mente de los y las que creía con corazón de izquierdas, defensores de la igualdad e independencia de la mujer y en la lucha constante por no meter en el mismo saco ideológico y vital a las personas que se unen exclusivamente por motivos sentimentales.
Y en este punto, ha llegado a mi conocimiento por amigos, periódicos y tertulias en la radio, la inclusión -con comentarios tendenciosos y estereotipados- de mi persona en las filas del PP basándose en el único hecho de que Luis Racionero, mi marido, ha firmado el manifiesto de petición de voto para el partido de la oposición. El señor Racionero tiene sus razones, bien pensadas y absolutamente defendibles, para poner su nombre en la lista conservadora, además de poder hacer lo que le plazca, cosa que siempre ha hecho con total independencia. Pero, por favor, ya somos mayorcitos para hacer cada uno lo que le apetezca, crea y sienta. No voy a votar al PP. Pero tampoco, y por primera vez, tampoco votaré al PSOE: alimentar sectarismos es destrozar la libertad del individuo, y es mucho más indeseable, en contra de lo que opine Fernando Savater, que la derecha que viene.
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