Tribuna:ELECCIONES 6 JUNIOSEGUNDO DUELO TELEVISIVOTribuna
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La revancha de González

Felipe González volvió a ocupar anoche el centro del escenario político con los mejores recursos de su arsenal dialéctico: la convicción de un presidente experimentado y la contundencia de un candidato decidido. Su intervención tenía desde el comienzo del debate un objetivo principal: presentar a José María Aznar como un candidato poco creíble, que oculta deliberadamente el contenido de su programa y llena su vacío poniendo énfasis en las obviedades. Y en este objetivo fue ayudado por el candidato popular, José María Aznar, quien intentó sin demasiada fortuna, repetir su eficaz actuación en el debate anterior, tal vez por que su recursos dialécticos son más limitados. El candidato popular perdió pie desde el comienzo del debate arrastrado por un Felipe González que le llevó constantemente a un terreno más propicio para su ataque: la falta de concreción del programa conservador, su renuencia, a concretar su política económica y, social, su interesada amnesia sobre el pasado inmediato del Partido Popular y de su organización matriz, Alianza Popular, por la que ingresó, en 1979, a la vida pública José María Aznar.González a diferencia de su desganada aparición en el debate anterior, compareció motivado, dispuesto a transmitir a su electorado -su buscada mayoría de progreso- un mensaje solidario y renovador. Sus primeras palabras fueron de compromiso para un eventual futuro gobierno: nuevos hombres y mujeres, entre ellos, independientes. Pero al González candidato, que promete, que explica el programa, le relevaba con facilidad en el uso de la palabra el González presidente que defendía, con convicción, la gestión realizada. Ningún parecido, con su actuación en el debate anterior González había recuperado la magia de su comunicación fluida, con ejemplos sencillos y claros sobre las contradicciones de las promesas conservadores: la caja mágica en la que se paga menos, regala más y ahorra mejor.

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José María Aznar, por su parte, apenas pudo desplegar su línea habitual de, ataque, la trilogía crítica del discurso popular: crisis, corrupción y despilfarro. Y no fue por falta de ganas. Pero su discurso se ajustaba demasiado a su intervención anterior, se agarrotaba en las frases ya ensayadas, en la cifras repetidas y se veía obligado a responder a las constantes preguntas que le lanzaba el candidato socialista. Y cuando intentó esgrimir un papel -recurso escénico al que nos han habituado los debates televisados-, sólo pudo sacar un comunicado de los trabajadores de Televisión Española en el que protestaban porque no se celebrasen debates con la presencia de los principales líderes políticos en la televisión estatal. Y lo hacía con el riesgo evidente de que Felipe González le recordara, como hizo, que si ello no ocurría era por el veto impuesto por el Partido Popular.

Tal vez Aznar incurrió en el mismo pecado que su rival la pasada semana: el exceso de confianza. Y en el caso conservador esta fe ciega en sus habilidades de propaganda tiene una característica particular: pretende pasar a sus adversarios, simultánemente, por la izquierda y por la derecha. Se apuntan con igual entusiasmo a la defensa del Estado asistencial que al Estado liberal; confían, como algunos pensadores tradicionales españoles que no citan, en que las izquierdas y las derechas son conceptos periclitados, "de hace 30 años", que lo importante es la gestión, la eficacia. Y para un político experimentado como González ese planteamiento era mucha ventaja. Le permitía marcar distancias, subrayar diferencias, contrastar experiencias, recordar votaciones en el Congreso.

"¿Qué me dice usted a mí del divorcio, del aborto?", protestaba Aznar, que huía, bien aconsejado por sus asesores, de la imagen de derecha tradicional y buscaba ansioso los votos de centro que le den la mayoría necesaria para gobernar.

Pero lo que no podía impedir era que el candidato socialista, que se había hecho con el control del debate, machacara, una y otra vez, en la brecha abierta y sembrara una duda inquietante: "¿Quién es de verdad usted, señor Aznar, qué implica el cambio que promete?"

* Este artículo apareció en la edición impresa del lunes, 31 de mayo de 1993.

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