González o "la ambición del país"

El líder del PSOE mezcla en sus mìtines la vehemencia del 82 con la petición de excusas por los errores cometidos

Felipe González Márquez es recibido en los estadios, plazas de toros y polideportivos como siempre, por su nombre de pila a ritmo sincopado: "Fe-lipe, Fe-li-pe, Fe-li-pe". "Tengo 51 años. Desde los 40 tengo la responsabilidad de Gobierno, pero nunca tendré vida suficiente para agradecer tanto afecto, tanto cariño, tanto apoyo, gracias, gracias". Sonríe con cierta timidez y si los suyos insisten en seguir coreando su nombre, ya de manera atronadora, baja la mirada y aprieta los labios porque empieza a ser evidente para los que están cerca del escenario que aparecen muestras de emoción.Respecto a las campanas del 86 y el 89, resulta del todo nueva la faceta de un Felipe González que agradece el apoyo político, que se emociona por el afecto personal y que se lamenta de los errores cometidos y pide ánimo para "continuar el cambio del cambio", porque tiene "ambición de país", ya que de la personal "está curado". Hay similitudes con la campaña del 82, la que le dio el poder, en lo que respecta a la pasión y fuerza que pone en sus intervenciones. En sus mítines está haciendo gala de lo que que dijo al principio de la campaña: "Tengo empeño personal en ganar estas elecciones".

La parafernalia no ha cambiado. Es la clásica de los actos socialistas. La gente, siempre por miles -más de 30.000 en Valencia el pasado viernes-, aguarda la llegada del líder en un ambiente festivo en el que nunca falta música de fondo y la actuación del grupo Alcatraz que anuncia la llegada de González tocando el Himno a la alegría. El revuelo de fotógrafos y cámaras de televisión indica que González hace su entrada en el recinto. Empieza a corearse su nombre en medio de palmas. Hasta que llega a la primera fila de sillas estrecha manos, recibe abrazos y pellizcos en la cara, siempre de señoras, que están más cerca del escenario. Antes de sentarse se sube en la silla que luego ocupará para que todos le vean. Saluda con la mano, le aplauden y aplaude.

Empiezan los teloneros locales. Casi siempre el número uno de la lista, el presidente de la comunidad autónoma, si es socialista, o el secretario general del PSOE de la región. Para ellos es también un momento grande, ya que por sí mismos nunca tendrían delante a tantos miles de personas aplaudiendo. González tiene un detalle con ellos y no olvida mencionar su nombre en su intervención: "Como muy bien ha dicho mi amigo...". Los candidatos no caben en sí de gozo. Son conscientes de quién es la estrella y sus pláticas son breves "porque a quien habéis venido a escuchar es a Felipe".

De nuevo, la melodía que acompaña a los actos del PSOE desde siempre y las subidas triunfales del líder socialista al escenario. Se repite la aclamación y sube González, unas veces con su clásica cazadora y otras en mangas de camisa si es que va de traje y corbata. "Tiene cara de bueno", se suele escuchar a las señoras cuando con aire tímido agradece las efusivas muestras de afecto.

"Me sale del alma"

Después se transforma y aprieta los dientes cuando dice que tiene "ambición de país". Ha inaugurado en esta campaña las referencias a sí mismo. Dice que después de 11 años de Gobierno no tiene ambición personal, que ya se ha curado, y hace declaraciones de amor: "Cada vez quiero más a mi país, quiero que esté entre los primeros cuando llegue el siglo XXI". González ha perdido el pudor que tantas veces ha mencionado para evitar referencias a su yo. Ahora dice lo que le "sale del alma".

Con el alma y ayudado de datos asegura que sólo desde "la mala fe" se puede afirmar que los españoles viven peor que hace 10 anos. En todos sus mítines incluye un apartado a la labor de Gobierno realizada, planes de futuro y críticas a la "derecha". El orden cambia, ya que va intercalando anécdotas y de una idea salta a otra. Se da cuenta de que el auditorio ha podido perderse y señala: "Vuelvo al principio". Continúa, como en todas las campanas, sin llevar una sola nota escrita.

En cada pueblo o región que visita menciona el asunto que más preocupa. Estos golpes de cercanía surten un efecto espectacular. Arrecian los aplausos, que son muchos porque éste es precisamente el reto que se impone cada responsable regional. "Más que en el 82", comentan los responsables de organización en cada acto.

González se anima mucho cuando se da cuenta de que los jóvenes llaman su atención y aprovecha su presencia para decir que "no hay que olvidar la Historia". Le viene bien para hacer un recordatorio de la España de la dictadura y se va más atrás, a la inestabilidad secular de la historia de este país.

Metido ya en un discurso de gruesas pinceladas, indica que la derecha ha gobernado en este país durante siglo y medio, así que deben tener ahora paciencia y esperar un poco". Pide el voto a los indecisos, a los que están enfadados con el PSOE, y, sobre todo, a los que quieren que "España siga progresando". Pero pide más. No quiere votos "resignados", sino de "ilusión".

Le cuesta trabajo referirse al presidente del PP, José María Aznar, y lo hace muy pocas veces. Habla en general de las políticas de la derecha. Se apoya en las recientes medidas adoptadas por el gobierno francés de centro-derecha para proclamar que es lo típico de sus rivales: subir los impuestos y rebajar las prestaciones sociales en aras de una reducción del déficit público.

González presume especialmente de la política social: pensiones, sanidad, educación y prestaciones al desempleo, además de la política de infraestructuras y la construcción de carreteras. La cal y la arena. "Queda mucho por hacer, pero os aseguro que en un año nadie hablará ya de crisis económica". Juega con la idea de "progreso-retroceso" y dice que esto último pasará si gana la derecha.

Al final, cae "en la tentación" y dedica unos chistes a Aznar, siempre al hilo de algo que haya dicho el líder popular o sobre. "los viajes al extranjero para que un mandatario europeo le reciba 50 segundos". Se sigue tomando a risa "la presencia internacional de Aznar" y deja en el aire la maldad de que no le parece correcto "contar lo que dicen del PP los líderes europeos de centro-derecha".

En la despedida los congregados creen vivir un momento apoteósico. Ocurre cuando González se refugia en el intimismo que ya bordeó en su entrada. "Soy como cualquiera de mis conciudadanos, de origen humilde, que vivo con pasión la entrega por la cosa pública, pero que no se me coloque como un mito, o con alguna clase de mística, que no se me aleje de los ciudadanos. Adelante, adelante, vamos a ganar".

* Este artículo apareció en la edición impresa del domingo, 23 de mayo de 1993.

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