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Tribuna:

Don Cipriano

¡Abajo las últimas barbas! ¡Arriba el primer bigote! ¡Viva la pepegomina triunfal! ¿Ganarán por los pelos o se tirarán de ellos? Veremos. La nueva sede del PP en Benidorm. parece una carnicería desde la calle: de Ruzafa. No por las hachas ni por los cuchillos afilados, sino por los rótulos del partido que recuerdan el precio de una oferta de pollo. Ahora entra un hombre: "Me llamo Cipriano Jiménez. Soy adicto a la derecha. Quiero que cuenten conmigo para lo que necesiten", dice. La secretaria anota el nombre y el teléfono de don Cipriano mientras el jefe de la sede, Enrique Escandell, de 70 años, teniente de alcalde y delegado de Sanidad y Fiestas, contempla orgulloso la escena. "Llevamos cuatro días abiertos y no para de entrar gente ofreciéndose voluntaria. ¿No le impresiona?". Me acerco a don Cipriano. Es de Toledo, dice. Era de Fuerza Nueva, dice. Como Franco no habrá nunca nadie, dice. La derecha es la justicia y la buena educación, dice. La izquierda son los bolsillos vacíos, dice. Espero no haberle molestado con mis palabras, dice. Se va.Luego entra otro parecido a don Cipriano. Se sienta frente al teniente de alcalde. Abre la boca. Inclina el cuerpo para la confidencia. "Sólo vengo a decirle que el día 6 les votaré. Adiós, muy buenas". Desaparece.

El teniente de alcalde y otro concejal que acaba de llegar opinan que la devaluación de la peseta, aunque tarde, va a beneficiar a las zonas turísticas. Es tarde, porque la temporada ya está contratada. Pero los extranjeros que pensaban quedarse dos semanas se quedarán tres por el mismo precio, que ya tenían congelado. O sea, un regalo. "En un hotel de tres estrellas pagan 1.500 pesetas al día, pensión completa. Aplique ahora entre un 15% y un 20% menos, debido a las tres devaluaciones, y dígame, ¿va o no va a reventar Benidorm este verano?".

Ingleses rasurados pero de pelo en pecho van por las calles a medio cuerpo con sandalias y calcetines. No necesitan empuñar el tridente de Albión. Son inconfundibles. Usan gomina bronceadora sobre el azul de sus tatuajes. Se tumban en la arena de la playa de Levante como papeletas en blanco, agradecidos a nuestro Felipe (no al de Edimburgo), porque sin previo aviso les subió el sueldo un 8%. Ayer una chocolatina Mars les costaba 64 peniques. Hoy cuesta 59. Con un poco de suerte, mañana aún les costará menos. Doris Cutler, empleada de Correos en Londres, dice: "Nos han aconsejado en la agencia que sólo cambiemos de cinco en cinco libras por si acaso aún baja más la peseta".

En la otra playa, la de Poniente, sollozan los turistas nacionales, para los que todo va a subir. La gasolina. Los alquileres. La comida. Los viajes al otro lado de la frontera. Los productos importados, que tanto nos gustan.

Otra vez más pobres y frustrados que el vecino, en esta Europa de dos velocidades.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 17 de mayo de 1993

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  • Corresponsal volante