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Tribuna:

Casi 'totus tuos'

La cárcel de Pamplona se encuentra a unos cien metros del pabellón Anaitasuna, y el candidato Aznar llegó el sábado al lugar de su mitin pasando muy cerca de la larguísima cadena humana formada por ciudadanos que, vestidos informalmente, rodearon la prisión el sábado para exigir la libertad de los 20 insumisos que se encuentran allí. Cerca, pero sin rozarse, porque el reino del presidente del Partido Popular no es de ese mundo, y tampoco lo son sus súbditos en la capital navarra, que prácticamente llenaron el pabellón. Divididos entre el estilo rústico, pero con posibles, de la Ribera, cantera tradicional de la UPN, que gobierna en Navarra aliada al PP, y el look urbano de los más directamente populares, ellas como a lo Thatcher pero pasadas de joyería, ellos eternamente mayores y repeinados y las cachorritas rubias y esbeltas, con cadenas de oro enredadas al reloj.Había sido un día grande para buena parte del público: la cita con Aznar era el broche ideal de un programa doble que se inició a las cinco de la tarde, pero no en los toros, sino en el frontón Labrit. Allí habían asistido al relevo del arzobispo de Navarra, José María Cirarda, por su sucesor, Fernando Sebastián, y en presencia del nuncio Tagliaferri, y venían los conservadores ahítos de liturgia, todavía con los cantos de las ocho corales batiéndoles las sienes, y con un tapón de incienso en las narices. "Menos mal que aquí se ve bien", comentó una dama al comprobar la buena posición del montaje erigido a mayor gloria de José María Aznar, con su sinfonía de azules, "porque, en el frontón, los que estábamos en platea sólo hemos podido seguir la misa de oídas. Han puesto el altar tan elevado que únicamente han visto la ceremonia los del piso alto".

No ocurriría así con su candidato, visible y audible desde cualquier rincón, de modo que el entregado público pudo ovacionarle cada vez que se metía con el Gobierno, y también enternecerse ante sus arranques de sencillez, como cuando se quitó la chaqueta azul a finos cuadros grises y, salerosamente, se la arrojó a la azafata, que -experta catcher- la agarró al vuelo. Dijo Aznar entonces que "en cada actuación pierdo dos o tres kilos, pero voy manteniéndome bien por el interés de nuestro país", y es que, amén de novedoso, debe ser una gloria adelgazar por España. Ana Botella, traje de chaqueta naranja y medias negras de lycra, sonrió desde la primera fila.

Hasta le entendieron los sordos -su asociación se encuentra enfrente del Anaitasuna- que acudieron al mitin y que dispusieron de dos intérpretes para traducirles las intervenciones a su lenguaje. Cuando hablaron los teloneros, cada vez que las señoritas nombraban a Aznar se pasaban el índice por el bigote.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 17 de mayo de 1993

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