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Tribuna:

Las voces, las calles, los taxistas

Encogido en un rincón del taxi, intentaba hacer como que no oía la conversación del taxista con un compañero a través de la emisora. Se trataba de una conversación amorosa, dominada por la pasión de los celos. Mi conductor estaba a punto de echarse a llorar, pero el del otro coche hablaba ya entre hipidos. Me dirigía a una clínica de urgencias situada en la zona de ópera, porque acababa de rodar por una escalera y tenía el tobillo izquierdo hecho polvo.-Te digo que ahora estoy haciendo un servicio -decía el taxista masticando las palabras para ver si de ese modo llegaban destrozadas e irreconocibles a la parte de atrás. Lo que pasa es que las leyes de la acústica son muy raras y, en lugar de masticadas, me llegaban digeridas, de manera que accedía a su sentido como a una revelación.

-Me engañas -decía el otro.

-No te,engaño, estoy en Serrano y voy hacia Ópera. Vete hacia allá, tomamos un café y hablamos.

-Es que yo sí que estoy haciendo un servicio.

-Mentira. Si no quieres verme, prefiero que lo digas.

El tráfico estaba fluido; enseguida llegaríamos a Cibeles. El tobillo había dejado de dolerme, pero sentía en torno a él una aureola como de algodón. No me atreví a bajar la mano para tocar el bulto por miedo a que el chófer interpretara el cambio de postura como un deseo de escuchar mejor. El otro dijo que estaba en Doctor Esquerdo y que se dirigía a Diego de León. Sus destinos se separaban como la carne inflamada de mi hueso. Entre la Puerta de Alcalá y Cibeles escuché unos sollozos. Finalmente, el del otro coche, para demostrar que estaba haciendo un servicio, pidió a la señora que llevaba detrás que dijera tinas palabras.

-Hola, soy la señora que se dirige a Diego de León. Es muy doloroso verlos discutir así. Déjenlo, por favor.

-Como si no supiera que eres tú, que has sido ventrílocuo antes de trabajar el taxi -insistió el mío.

La voz de la señora me golpeó en algún registro íntimo y me sedujo, de manera que, adelantando el cuerpo, hablé en dirección al micrófono.

-Yo soy el usuario que se dirige a Ópera. Lleva usted razón, señora, se están torturando inútilmente.

-¿A dónde va usted? -preguntó ella.

-A Ópera -respondí-, me acabo de torcer el tobillo en una escalera y me han recomendado un servicio de urgencias.

-Yo voy al hospital de la Princesa, el de Diego de León con Conde de Peñalver. Soy médico y entro de servicio dentro de un rato. ¿Por qué no viene hacia acá y le miramos ese pie?

Mi taxista me hacía señas para hacerme creer que estaba siendo engañado, pero yo ya me había enamorado perdidamente de la voz, porque tenía ese registro de las mujeres que nos hablan en los sueños.

-A Diego de León -ordené.

Dimos la vuelta y comprobé que en esa dirección el tráfico y mi ansiedad eran más densos que en la otra. Durante el trayecto, construi un cuerpo . para la voz e imaginé sus dedos deambulando con sabiduría por mi tobillo. El taxista vigilaba mis emociones a través del espejo. Se detuvo en la puerta de urgencias.

-Ahí está -dijo, señalando el taxi de delante. No vi a nadie en la parte de atrás, pero cojeé hasta la ventanilla del conductor y pregunté por la doctora. Entonces, al otro lado del cristal, un rostro apaisado, que parecía emerger de las profundidades abisales de mi conciencia, me contempló con lentitud, y al abrir su boca de pez emitió el sonido del que me había enamorado. Mientras huía arrastrando el pie izquierdo en dirección a Juan Bravo, escuché una carcajada doble a mis espaldas.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 25 de enero de 1993

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