LA BATALLA POR LA CASA BLANCA

Un marco electoral sin precedentes

Concluye una carrera presidencial inédita para un escenario mundial nuevo

Las elecciones presidenciales de 1992 contienen. vanos elementos que permiten considerarlas como unas de las más importantes de este siglo: se producen en un contexto internacional sin precedentes -sin una potencia enemiga enfrente y con un proceso de reordenación universal en marcha-, están marcadas por la crisis económica y coinciden con el fin de la generación política formada en la II Guerra Mundial.

Estados Unidos no es ahora el país arrogante que en la década de los ochenta miraba al resto del Mundo por encima del hombro, con su poderío económico y defensivo. El EE UU de 1992 es un país con serios problemas estructurales en su economía, embarcado en una reducción obligada de sus Fuerzas Armadas y de su presencia militar en el exterior, preocupado por la redefinición de su misión como gran potencia en un contexto donde impera la competencia económica frente a Europa y el Pacífico. En 1992, es un país que se presenta a las puertas del siglo XXI sin haber resuelto algunas de sus principales lacras internas: la delincuencia, la lucha racial, la injusticia social, las drogas, la emigración masiva. En 1992, Estados Unidos elige al 420 presidente de sus 206 años de historia, ininterrumpidamente democrática, obligado a mantener, en mucho peores condiciones que antes, su papel de referencia política, cultural y tecnológica de la Tierra.Con más de nueve millones de kilómetros cuadrados de extensión (18 veces el tamaño de Espafia) y una población de 250 millones de habitantes, EE UU representa el 20% de la economía mundial y continúa siendo una fuente de inspiración política para los países que se suman recientemente a la comunidad de naciones democráticas.Orgullo patriótico

Los norteamericanos de 1992 están satisfechos de esos logros históricos, de sus conquistas sociales y del papel internacional de su nación -como muestra una reciente encuesta que atribuye a la población estadounidense un 96% de orgullo patriótico, más que ningún otro país del mundo-, pero están hoy más preocupados por el deterioro de esas conquistas y del retroceso de algunos de esos logros.

Superada la excusa del peligro comunista, los norteamerica nos que, votaron ayer vuelven preocupadamente la vista hacia su propio país, no por desprecio a las necesidades mundiales, sino porque su propio sistema educa tivo se ha mostrado ineficaz, su sistema sanitario es incapaz de cubrir las necesidades mínimas de 35 millones de ciudadanos, sus autopistas se resienten al paso de los años, sus grandes ciudades se hunden en el abandono, sus principales industrias se agrietan; en definitiva, porque los norteamericanos de hoy sien ten el miedo de que la próxima generación, por primera vez en la historia, viva peor que la anterior, o, dicho de una manera más grandilocuente, porque Estados Unidos muestra síntomas, cada vez más evidentes, de perder a largo plazo la carrera por la supremacía mundial.Los brotes de sentimientos antijaponeses que surgieron en este país hace pocos meses, en coincidencia con el 50º aniversario del bombardeo sobre Pearl Harbor, no eran más que la expresión de una nuevo complejo nacional ante la imparable penetración económica del viejo rival en la II Guerra Mundial; complejo crudamente representado por aquella escena en la que el presidente Bush, enfermo, vomitó a los pies del primer ministro japonés en una cena de Estado.Dólar pobreLa caída del precio del dólar ha impedido que los norteamericanos viajen ahora por Europa como los magnates de otras épocas, mientras que europeos y japoneses vacían las tiendas de Nueva York y se llevan de manos norteamericanas monumentos tan simbólicos como el Rockefeller Center de la Quinta Avenida, los estudios Columbia de Hollywood o la compañía discográfica CBS.En el orden social, la corriente reaganista, que ha dominado la vida política en los últimos 12 años, ha puesto en tela de juicio algunas de las tradiciones liberales de este país. Simbolizado en el nombramiento para el Tribunal Supremo de jueces conservadores, EE UU ha conocido el protagonismo de las organizaciones que buscan la ilegalización del aborto, el brote de manifestaciones contra la libertad sexual y casos, como el de Anita Hill, que han puesto sobre el tapete nuevas evidencias sobre la discriminación de la mujer.

El Estados Unidos de 1992 menciona el sida como una de sus mayores preocupaciones, concede al cuidado de la ecología un lugar prioritario en sus aspiraciones y huye al extrarradio a educar a sus hijos, lejos del clima de deterioro ciudadano que reflejan sucesos como los del pasado mes de mayo en Los Ángeles.

Todo eso está creando, tal vez, un nuevo modelo de norteamericano, un hombre más realista y humilde, un poco a medio camino entre el ambicioso depredador de éxitos de los años ochenta y el iluso soñador de los sesenta.

Estas elecciones son, en buena medida, un termómetro de hasta qué punto ese ciudadano norteamericano, parcialmente identificable en una generación que no conoció la Segunda Guerra Mundial y perdió o se negó a ir a la de Vietnam, rige el destino político de este país.

* Este artículo apareció en la edición impresa del martes, 03 de noviembre de 1992.

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