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Hacer el amor y después huir

La sala donde los extranjeros esperan para ser embarcados a sus países de origen es más bien inhóspita. Los frustrados inmigrantes no pueden acceder desde allí a los servicios (oficinas de cambio de moneda, tiendas libres de impuestos, cafetería ... ) de la terminal internacional como lo hacían el año pasado.Una de las causas para que se cambiase el emplazamiento de este lugar reside en el hecho de que hasta hace pocos meses, según la policía, el personal del aeropuerto se iba a las pistas con las suramericanas para "realizar ciertas licencias amorosas" y después facilitarles la huida campo a través.

Así que ahora todos permanecen en una sala incomunicada con las dependencias públicas del aeropuerto, contándose entre ellos sus desventuras.

Los agentes de Barajas cuentan que las heroicidades que los inmigrantes han llegado a cometer con tal de quedarse en España rayan en la locura. Como prueba muestran una sala con los sillones rajados para buscar los muelles e ingerirlos después. Al rato, el ingreso en un hospital de Madrid -dado el escaso servicio médico de Barajas- está garantizado.

La Delegación del Gobierno proyecta la instalación de un centro para refugiados que procure asistencia médica y jurídica a los que van a ser deportados. Para ello deberán ponerse de acuerdo con los responsables de Aeropuertos Nacionales. El proyecto se debatirá esta semana, aunque de momento ya hay disponibles cien camas para este cometido.

Interrogatorios

Al lado de esa sala para rechazados se encuentra otra donde los policías efectúan sus diligencias y entrevistan a los inmigrantes. El pasado jueves, a las dos de la tarde, un inspector, ayudado de un intérprete que fumaba en pipa, interrogaba a un inglés rubio. El viajero, de unos treinta años, llevaba un pendiente y botas de baloncesto que le tapaban sus pantalones vaqueros hasta la mitad de la espinilla.

"Pregúntale", le decía el policía al intérprete, "que a dónde quiere ir".

"To London", respondió el inglés.

"Dile que por qué no habla español si ha estado trabajando en Tenerife. Tú hablas", ahora dirigiéndose el policía al inglés, "español mejor que yo".

"I do not understand".

"No comprende", dice el intérprete.

"Ya, ya. Dile que con qué dinero piensa ir allí".

"Dice que con el suyo".

"Dile que dónde lo tiene".

Cuando el intérprete se lo preguntó, el inglés sacó un mazo de dólares de entre las inmensas botas de baloncesto. Al rato, la policía le dejó continuar su camino.

En la sala de al lado, esperando que los embarcaran de nuevo para su país, había dos portorriqueños jóvenes que se quejaban también del trato recibido. Conforme aterrizaban y despegaban los aviones, las caras se iban renovando. Al final fueron más de 30 los rechazados a su país.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 19 de julio de 1992