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SEVILLA EXPO 92

El torso de Camarón

El torso desnudo de Camarón de la Isla fue la mejor imagen de la noche inaugural de la Expo de Sevilla. Apareció a las 21.51 del lunes en la primera cadena, la pudieron ver los 130.000 visitantes nocturnos de la Exposición Universal en las pantallas gigantes de la isla de La Cartuja y se habrá visto con igual nitidez en las pantallas de 60 televisiones de todo el mundo.Fue en el programa Sevilla, Sevilla, y en sus minutos finales el mítico flamenco apareció con su estatura cristiana mezclado con las imágenes más tremendas de Picasso y de Goya. Fue lo más esencial de la fiesta: como si aquella reclamación del Rey -que la Expo muestre lo más representativo de España- se concentrara en esos 19 segundos de Camarón en la pantalla.

Fue lo más esencial de la fiesta. De resto, a la imagen exterior de la noche inaugural de la Expo sólo le faltaban confetis para constituirse en una nueva Feria de Abril gigante, tecnológica y tremenda. Vista desde la torre de Retevisión, enfrente del pabellón de España, en el ecuador de la muestra, el desplazamiento perpetuo de gentes y de embarcaciones -trenecitos, telesillas, barcos, lanchas-, la Expo era un hervidero que recordaba por igual los cuadros asustados del pintor Genovés o aquella canción de los Beatles que se preguntaba hacia dónde camina la gente solitaria.

"Pues a divertirse. ¿Adónde van a ir?", respondía un responsable de Expo en la euforia de la medianoche. Allí, al lado, en un teatro nuevo actuaban juntas Montserrat Caballé y Ana Belén y en un cine ultramoderno se veía el antiguo Quijote de Welles. En la misma terraza Martika, la cantante descalza, celebraba la inauguración como suya: "Es de todos".

De quien era de veras era de Jacinto Pellón, el ingeniero de la Expo. Se la enseñaba como un juguete al presidente andaluz, Manuel Chaves: "¡Mira, mira, rnira!", exclamaba, como si acabara de descubrir el diseño final de la Exposición Universal en la que trabaja desde hace cinco años. Chaves obedecía y miraba apurando un refresco de limón. Pellón había pedido tinto, pero en esa noche de locura que vivía, el camarero lo quiso sobrio y también le dio limón.

Lo que Pellón le ensefiaba a Chaves era lo que él llamó la joya de la Expo: esa línea del horizonte que tiene su epicentro en el cubo del pabellón de España y cuyo contraste con el agua da un poco de paz a esta histeria abigarrada que constituye la aventura arquitectónica de la última exposición del siglo.

Atrás quedaba ya el espectáculo del lago, que no satisfizo en la Expo, porque carecía del ritmo que tuvo el programa de televisión, y las actuaciones de salsa en la que el panameño Rubén Blades pedía a todo el mundo que viniera a la Expo, "la vamos a gozar". Por encima de la presencia del agua y de esos ritmos con que se inauguró la Expo, esta nueva ciudad capaz para un millón de habitantes ya empezaba a sufrir los embates del presente: los escasos autobuses iban atestados y la frecuencia de las palomitas de maíz se compatibilizaba con el olor periódico a salsa de tomate.

En ese clima inaugural de una ciudad ultramoderna, a lo largo de una ceremonia que duró hasta las dos de la madrugada, esta parte de atrás de Sevilla parecía la prolongación de una nueva Semana Santa tecnológica, cuyo carácter imponente fue resaltado por la voz de Camarón. De resto, la Expo está servida y es lo que nos habían explicado: una cosa tremenda.

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