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Tribuna:

Autovía

La Autovía de Andalucía ya está expedita y esto es una gran noticia. No quiere decir que la nueva autovía sea perfecta, pues tiene rampas, curvas cerradas, un inquietante paso por Despeñaperros, pero en general se va bien y subir a Madrid o bajar a Sevilla (vale decirlo al revés; depende desde donde se mire el mapa) ya no constituye una tortura, con aquellas caravanas interminables detrás de un camión.Lo más importante de la autovía, sin embargo, es que los automovilistas ya no tienen necesidad de correr. Eso era antes, cuando habían de hacer adelantamientos suicidas y luego picar soleta para recuperar el tiempo perdido. Ahora, en cambio; los automovilistas ponen el coche a la velocidad de crucero permitida y circulan disfrutando del paisaje, relajados y felices.

Recientemente viajé por la autovía y era también feliz contemplando la felicidad ajena. Sólo que, todos a la misma velocidad, únicamente podía contemplar la felicidad del señor que iba detrás; no la de quienes me precedían. De manera que, para verles, aceleré; cuando alcanzaba al de delante le avisaba con jacarandosos toques de claxon, y así estuve haciendo con todos los que me encontré en el camino. Muchos, por imitarme, aceleraban a su vez, y la autovía se iba convirtiendo, a mi paso, en un rugir de motores, estridentes bocinazos, docenas de coches lanzados en pos del mío, que volaba jubiloso sobre el asfalto.

Cuando quise darme cuenta, resulta que me había pasado de largo. Y hube de volver desde Jerez. O sea, que tardé en llegar a Sevilla lo que siempre, con los ojos desorbitados igual que siempre y rechinando la dentadura; mientras los automovilistas que adelanté ya estaban en la Expo montadicos en el monoraíl, tan serranos, pues yendo sosegadamente, desde Madrid se tardan cinco horitas de nada y llegas entero.

Moraleja: no corras que es peor.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 21 de abril de 1992