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Tribuna:

La broma

Probablemente nunca conoceremos a Teresa Dominique, la chica que fue objeto de una curiosa expoliación de su intimidad. No fue nada trágico y, sin embargo, es sintomático. Llamaron a Teresa para ofrecerle un trabajo de secretaria y, en realidad, lo único que querían era filmarla en una situación cómica que ella desconocía y que hubiera sido emitida en un programa de televisión. ¡Cómo nos hubiéramos reído en la comodidad de nuestras salitas con los apuros sinceros de Teresa! En las novelas ejemplares de fin de siglo salen escenas parecidas, cuando el perverso cacique hacía bailar a los cojos o amar a las vírgenes a cambio de unas pocas monedas. Ahora la explotación del hombre por el hombre es más sutil. Se usan las horas y las angustias de las personas y luego se les dice que era broma. Nadie se ha de enfadar por una broma. Reír es bueno; sobre todo para el que ríe, nunca para el reído.La historia de Teresa no es una anécdota más de la televisión. En todo caso es el ejemplo del comercio de las expectativas de la gente, ese nuevo listón de la humillación humana que antes se exigía a cambio de un mendrugo y hoy se demanda a cambio de un futuro mejor. Este tipo de conductas probablemente no son un delito grave. Sus autores se exculparán diciendo que sólo era un juego y acabará resultando que Teresa no tiene sentido del humor, cuando lo que aquí sucede es que alguien está comerciando con las esperanzas. En estas ofertas de trabajo falsas, en estas cartas que prometen millones a gente crédula, en este tocomocho permanente en el que el tiempo propio es oro y el tiempo ajeno paja, se encuentra la nueva frontera de los mercaderes de voluntades. Nos mutilan el músculo de la ilusión y nos toca reír porque ya todo es broma. Y el corazón es una víscera de cartón piedra atada con una gomita.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 12 de marzo de 1992