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Tribuna:

Izquierda Unida, en la encrucijada

Muchos comunistas y casi todos los socios minoritarios de Izquierda Unida propugnan un salto hacia adelante que permita a ésta seguir creciendo, afirma el autor. A ese cambio no puede ser ajeno el Partido Comunista de España, pese a su antigua lucha por la democracia y a que es injusto identificarlo con el comunismo de otras latitudes. Pero IU, agrega, no puede mantener la inercia actual ni aferrarse al pasado, por respetable que sea.

Aunque antaño tuvieran a sus estalinistas y fuesen sectarios y dogmáticos, los comunistas españoles hace ya mucho tiempo que combaten por la democracia y el progreso, habiendo contribuido como los que más a la España constitucional de hoy en día. Dieron incluso mayores muestras de apertura que otros partidos españoles que, con una evolución de signo contrario, se hallan en la actualidad jerarquizados, centralizados y burocratizados al modo leninista. Los comunistas de nuestro país, en cambio, a pesar de sus antecedentes y de los costes internos que ello entrañó, no sólo democratizaron su teoría, su práctica y su organización, sino que, con inteligencia y generosidad, apostaron por un futuro distinto que supera el estrecho marco de los partidos tradicionales y sus muchos inconvenientes.

Así, juntamente con socialistas críticos, republicanos de izquierda y progresistas independientes, crearon hace cinco años Izquierda Unida. Apuesta dificil, claro es, y hasta aventurada, que sin embargo obtuvo casi dos millones de votos en las elecciones de 1919 y se convirtió en la tercera fuerza política del país.

Y es que en el terreno de las ideas, IU puede ocupar un espacio apreciable en la España de hoy. Sentido ético, austeridad, afán de cambio, sensibilidad social, internacionalismo solidario, feminismo, ecologismo y pacifismo, son, entre otros, valores que una izquierda genuina puede enarbolar con éxito y que otros han perdido.

Empeño peliagudo .

En el plano organizativo, Izquierda Unida constituye, sin embargo, un empeño peliagudo, precisamente por su novedad. Todo partido político tiende por definición a perpetuarse, y los que componen IU no escapan a esa regla.

Desde 1989 ya se había advertido una desaceleración en el proceso de convergencia. La imagen de una nueva izquierda moderna, eficaz, abierta y flexible no acababa de sustituir a la de una coalición desequilibrada y que iba perdiendo parte de su atractivo inicial.

Quizá de resultas de ello los votos de las elecciones autonómicas y municipales de mayo de este año, sin ser desdeñables, no marcaron una tendencia general ascendente, aunque el hecho de que los avatares políticos confirieran a IU en algunos sitios una voz decisiva a la hora de elegir alcaldes y hasta Gobiernos de las autonomías disimulara tal situación.

Con todo, se mantenía viva la esperanza de acrecer votos y militantes, aunque para ello muchos consideraran condición indispensable superar de una vez el marco de los partidos y grupos coligados, tanto más cuanto que el principal de ellos, esto es, el partido comunista, parecía abocado a cambiar, al igual que ya había ocurrido o estaba ocurriendo en otros partidos europeos occidentales del mismo signo.

Imagen negativa

En esta tesitura, el derrumbamiento del comunismo soviético este verano debería lógicamente acelerar el proceso ya emprendido. En primer lugar, porque, por injusto que sea, ya que las semejanzas de fondo son hoy inexistentes, el comunismo español va a resentirse, quiérase o no, de una imagen negativa de su nombre de marca.

En segundo término, y sobre todo, porque es difícil que IU crezca si se mantienen como hasta hoy los partidos que la constituyen. Todos esos partidos, huelga decirlo, son harto respetables y tienen perfecto derecho a existir. En el caso del PCE es muy comprensible, además, que haya militantes, que quieran conservar una sigla y una organización que tiene escritas páginas brillantes de entrega y sacrificio a la causa de la libertad y el progreso. Se comprende, además, su irritación ante quienes las identifican con el comunismo tan distinto de otras latitudes.

Pero también parece obligado afirmar que ha llegado el momento de elegir. Circunstancias internas y externas indican que será cada vez más difícil pretender que se ofrece algo políticamente nuevo al tiempo que se conservan tal cual los partidos que se hallen detrás de la presunta novedad.

Una reafirmación, así, de la permanencia de esos partidos dentro de IU se entendería como un aplazamiento sine die de su disolución, acentuándose con ello la imagen de una IU consistente en realidad en un PCE ampliado. Cabe aducir que tal cosa no tiene por qué ser así, pues si procuran aumentar su fuerza, los demás componentes de IU podrían invertir esa imagen. Por desgracia, la experiencia de estos cinco años demuestra la dificultad de crecer cuando se es el apéndice de otra fuerza principal.

Salto hacia adelante

Los muy optimistas también dirán que una IU comunistizada no tiene por qué estancarse o perder votos, pero el simple sentido común aconseja pensar lo contrario. Tampoco convence el argumento de que hoy no, pero mañana sí podrán hacerse cambios. Siempre habrá razones para no hacerlos. Si se baja en votos, por ejemplo, ¿no se dirá que sería electoralismo introducirlos entonces?

Es lógico, a la vista de todo ello, que bastantes comunistas y casi todos los socios minoritarios no quieran dejar en IU las cosas como están y propugnen, pese a sus dificultades, un salto hacia adelante.

En un mundo que está transformándose ante nuestros ojos, la historia, y con ella los votantes, no perdonará inercias, so pretexto de conservar cosas respetables, ni el aferrarse al pasado, por digno que sea, ni, en suma, algo que es o debería ser ajeno a una izquierda cabal, a saber, la resistencia al cambio.

es vicepresidente del Partido de Acción Socialista (Pasoc) y miembro de la presidencia ejecutiva de Izquierda Unida.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 28 de octubre de 1991

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