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Tribuna:

Desayuno en Tiffany's

El mercado es un blanco movedizo y borroso en el que se adivinan con dificultad los objetivos. Después de superar un enorme socavón, la información oral -el intercambio del que nacen las ideas- vuelve a ser la mejor forma de sacar ventaja en una situación de riesgo en la que decide básicamente la rapidez en la toma de decisiones. Los bolsistas de todo el mundo se habían hundido el lunes, enmudecieron el martes y resurgieron el miércoles. En medio de una confusión genérica -el paréntesis entre el incrédulo estupor y la reflexión-, las grandes fortunas enterraron sus patrimonios en el oro y la plata, y a las pocas horas, ya en el almuerzo del martes, la divisa había vivido una oscilación sin precedentes y los lingotes volvían a ser dinero contante y sonante. Tras el desayuno del miércoles, la mayoría, sin un centavo ya que había refugiado su liquidez -sacada directamente de la casa de empeños- en bonos y divisas, contemplaba fascinada los escaparates de Tiffany's.El almuerzo del mismo día y el de ayer tampoco fueron gratis; se trataba, como casi siempre, de seleccionar la inversión en títulos ganadores con valor añadido incorporado.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 23 de agosto de 1991