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Crítica:FESTIVAL DE MÚSICA DE SANTANDER

Victoria de los Ángeles suma triunfos

Victoria de los Ángeles cantó el viernes en el Palacio de Festivales de Santander y comienza el lunes, en la Universidad Internacional Menéndez Pelayo (UIMP), una serie de lecciones magistrales. Pocas veces esta palabra alcanza su más exacto valor, como en el caso de nuestra gran Victoria; por lo mismo, raramente estará tan justificado un homenaje múltiple como el que ha recibido ahora, en el que a las ovaciones interminables del público se unieron la entrega de la medalla de honor de la UIMP por su rector, Ernest Lluch, y la placa del festival por su director, José Luis Ocejo.El acto, patrocinado por la universidad y la Fundación Amigos de Sefarat, culminó, como siempre, con la actuación de la propia Victoria de los Ángeles, acompañada con absoluta perfección por el pianista barcelonés Albert Guinovart.

Constantemente, al hablar y escribir sobre la insólita cantante, se juega con las dos palabras de su nombre. Dejemos en paz a los ángeles o confiemos el cuidado de sus vuelos irreales a Eugenio D'Ors, para quedarnos nosotros con lo más real y terreno: la victoria. En rigor, deberíamos usar el plural, pues se trata de la fusión, en una sola persona y en una única entidad artística, de una suma de victorias: victoria sobre el estilo; victoria sobre la gracia; victoria sobre la perfección, los idiomas, la historia, las emociones y el paso del tiempo; victoria clásica, pues el arte de la soprano fundamenta la norma, se erige en ejemplo de nobleza, dominio y naturalidad, tanto si entona a Haendel como si nos cuenta el romance del Rei mariner.

Milagro

Con frecuencia se produce el milagro allí donde coincide la extremada belleza de lo cantado con el nivel y la hondura de quien lo canta: ese Pastorcito santo, de Rodrigo, dos minutos de invención musical que bastarían para otorgar a su autor un lugar en la historia; esa estremecedora tonada sefardí, a voz sola, Como la rosa en la güerta; esa tristesse concentrada e íntima de Fauré, sobre Gautier, o ese casi nada, que es casi todo, de Brahms en su archipopular Wiegenlied. Antes, el barroco, quebradizo de tan sutil, según lo entendieron los italianos Gallupi, Paislello o Pergolesi, y después, como regalo, la Carmen de Bizet, desnuda de adherencias pintorescas, incluidas las del propio Merimée. Victoria de los Ángeles es conmovedora en su magia y en su lógica, en la luminosidad de su voz y en la racionalidad de su decir.

Poquísimas veces escuchamos la lírica vocal de cámara como lo que es en realidad: una emanación de la palabra poética, evidenciada e inteligible, sobre la que Victoria de los Ángeles apoya no sólo la expresividad, sino también la misma técnica vocal. Desde una y otra abrió un día, de golpe, las puertas del mundo a lo que hoy se denomina escuela española, de modo análogo a como Manuel de Falla dejó expedito el camino a nuestros compositores hasta los de hoy, mismo. Sucede cada vez que una individualidad egregia, como la de Victoria de los Angeles, encarna la autenticidad de origen y la universalidad de mensaje.

El arte de Victoria de los Ángeles sigue vivo, dueño de todas sus virtudes, renovadas y no debilitadas a través de casi medio siglo de carrera esplendorosa. Para medir su valor pensemos, como desgraciada hipótesis, que Victoria de los Ángeles no hubiera nacido. Por lo pronto, nuestra vida habría sido más triste y nuestra experiencia estética menos intensa. No elogio. Describo, lo mejor que puedo, a un personaje.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 4 de agosto de 1991