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Belleza

Prepararse para el buen tiempo significa abrir los ojos a la belleza propia y ajena. Ponerse en forma. Quitarse la sobredosis de grasa per cápita que corresponde a Occidente, porque una cosa es que se nos note que somos superiores y otra, mucho más hortera, tener que llevar faja. Productos descremados, aguas minerales que ayudan a eliminar, verduras, fibra, alimentación sana. Ejercicios, masajes, saunas.Sin embargo, estamos condenados a que la duda nos invada y la desazón nos fustigue. Miles de preguntas se agolpan en la mente antes de que nos decidamos por el sistema ideal. Por ejemplo: ¿qué adelgaza más, el yogur o una epidemia integral?; ¿cómo se disuelven mejor las toxinas, por ingestión de cuatro litros diarios de agua o por deshidratación crónica?; ¿es más sana la dieta hipercalórica que el ayuno forzoso o la hambruna endémica? ¿qué da más ligereza, un laxante o un colerazo a nivel continental?; para fortalecer los músculos, ¿pesas, bicicleta o una buena marcha corridos a bombazos o a punta de fusil ametrallador?

Tremendo dilema el de Occidente, que ha de ampararse una vez más en teorías, mientras otros pueblos científicamente en taparrabos alcanzan, sin proponérselo, la delgadez, la elegancia, el toque de distinción por el que muchos aquí darían una pasta. ¿Por qué tener que recluirse en una clínica y rodearse de expertos, mientras otros gozan del privilegio de nacer directamente en un campo de concentración?

Y, por si fuera poco, la moda. Llevamos casi 30 años dándoles la vuelta a idénticos parámetros -prácticamente, desde Mary Quant no se ha inventado nada-, y ahí están ellos: exóticos y decontractés, con cuatro harapitos o unas bombachas, fotografiados casi siempre en un paisaje de ensueño.

No hay justicia.

* Este artículo apareció en la edición impresa del martes, 07 de mayo de 1991.

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