Reportaje:QUERENCIAS

La oportunidad perdida

Julio Cano Lasso vio construise la Gran Vía. Nació en 1920, en la calle de San Bernardo, esquina a dicha avenida, y aún recuerda ver llegar los carros tirados con mulas en los trabajos de construcción de la calle más emblemática de la ciudad. Con el tiempo, Cano Lasso se haría arquitecto y contribuiría a edificar nuevos rincones de una ciudad que ha arrasado, en su imparable crecimiento, con todo valle, río o arbolado que se interponía en su camino. Pero la culpa no la tienen sólo los arquitectos, se defiende Cano Lasso. "Las ciudades y la arquitectura' son el resultado de la sociedad. El arquitecto es uno mas, uno importante, que no tiene en sus manos todo el poder".Julio Cano Lasso ha concertado una cita sorprendente. Once de la mañana en la sacramental de San Justo. Desde los inhóspitos alrededores, la ribera oeste de la M-30, justo al otro lado del estadio Vicente Calderón, se vislumbran las copas de los elegantes cipreses de este pequeño cementerio construido sobre terrazas. No es que el arquitecto sufra necrofilia; la cuestión es que desde estos altos de las sacramentales -al lado está la de San Isidro- se ve el lado oeste de Madrid. Desde aquí se perfila una parte de la ciudad, desde el palacio de Oriente hasta la puerta de Toledo. O se vislumbraba, porque una vez en San Justo Cano Lasso comprueba que las burdas edificaciones de este siglo impiden ver el paisaje.

Finalmente, encaramados al cercano cerro de las Ánimas, se puede ver el paisaje urbano. Allí, junto a los poblados gitanos y con los pies hundidos en el barro, Cano Lasso despliega su libro La ciudad y su paisaje y despliega también sus saberes históricos y arquitectónicos sobre Madrid. En síntesis, explica el arquitecto, Madrid creció pomposamente, en ocasiones, al otro lado del Manzanares, y a este lado quedaron las huertas, las praderas, los cementerios, el arbolado, la casa de Goya... En este lado se imaginó Cano Lasso lo que en su libro describió como la utopía de Madrid, que contaría con algunos de los elementos existentes, como el palacio Real, la catedral de Almudena o San Francisco el Grande. Su utópica ciudad recuperaría las suaves praderas del Manzanares y el primitivo proyecto de viaducto diseñado por Silvestre Pérez en el siglo pasado, y que finalmente se convirtió en el actual puente de hormigón que hoy conocemos.

Desde este irreal cerro de las Ánimas -quizá sólo él y pocos más conocen el nombre de este promontorio olvidado de la especulación explica Cano Lasso, como un Quijote, su utopía, a la que a pesar de la evidencia no ha renunciado. "Quizá un día, que yo no veré, haya el suficiente dinero y la suficiente cultura como para atreverse a derribar todas estas edificaciones y recuperar el paisaje".

Dos de esas edificaciones a derribar las hizo, por cierto, el propio Cano Lasso, un detalle que él mismo se apresura a comentar. "He de decir en mi descargo que yo no era el arquitecto jefe, pero sí formaba parte del equipo que construyó una torre en el cuartel de, la Montaña y otra en la antigua pradera del Corregidor. La reflexión sobre aquella equivocación me llevó a la conclusión de que todos habíamos hecho cosas mal, que entre todos hemos ido destruyendo el paisaje y que el problema es que no hay una idea clara de la ciudad, unas directrices a seguir, una utopía previa a la que aproximarse".

Hoy por hoy, según Cano Lasso, "la sociedad española tiene otras prioridades que la de la arquitectura. A la gente le preocupa más tener un buen televisor o unas buenas vacaciones que una buena sepultura para sus padres, una cuestión por la que antes la gente era capaz de empeñarse. La arquitectura es fundamentalmente un negocio, y no como hace cien o doscientos años, que era un valor fundamental por el que apostaba la Iglesia, la monarquía y los ayuntamientos".En definitiva, Madrid ha perdido su oportunidad de ser una bella ciudad, pero aún hay tiempo. A Madrid le salvó la corte y una cierta aristocracia, que erigió la mayoría de los monumentos de la ciudad. Le perdió ser una ciudad pobre diseñada sin dinero ni orden ni concierto.

Recuperar lo que queda

Por suerte, en Madrid, como en casi todo el mundo, se ha empezado a hacer un hueco a la idea de que hay que recuperar las ciudades y los políticos dotan de presupuesto las rehabilitaciones. El mismo lleva siete años dirigiendo las obras de restauración del cuartel del Conde Duque, un inmenso edificio cuyo final estuvo a punto de ponerse en manos de la piqueta.

Suyas son obras como la de la estación de comunicaciones de Buitrago, la transformación del hospital Real de Santiago de Compostela en hostal de los Reyes Católicos o la Facultad de Farmacia de Salamanca. Ha diseñado Cano Lasso muchas viviendas sociales y, de hecho, está trabajando en estos momentos en unos bloques de Palomeras. No parecen dignas de un currículo de arquitecto, pero Cano Lasso asegura que es perfectamente comparable el trabajo de rehabilitar el cuartel del Conde Duque con el de hacer una vivienda social. "Todo es el mismo tema. Quizá es más difícil hacer una vivienda social, porque trabajas con pocos medios, con medidas muy ajustadas y normas muy estrictas".

No se enorgullece de ninguna de sus obras, tiraría más de la mitad de las que se levantan en el suelo madrileño y, a sus 70 años, siente el vacío de no haber podido hacer una casa en el paseo de La Castellana, "una de las calles que lleva camino de ser la más bella de Europa".

Fue el primer arquitecto de su familia y se ha convertido en el primero de una numerosa saga. Cuatro de sus ocho hijos son arquitectos y una quinta hija está a punto de terminar la carrera. Entre hijos, sobrinos y cónyuges, Julio Cano Lasso calcula que sumarán ya la veintena. Arquitectos todos ellos nacidos ya en una sociedad que ha empezado a apreciar la obra arquitectónica como se aprecia un lienzo o una novela. "Se han hecho muchos destrozos", dice Cano Lasso, "y ha nacido la conciencia de que hay que salvar lo que se pueda. ¿Se imagina que la sociedad no pudiera volver a leer el Quijote o no ver un cuadro de Velázquez? Eso es lo que significa dejar que las grandes obras de la arquitectura se vengan abajo como ha pasado hasta ahora".

Posa sobre el cerro de las Ánimas para aparecer en primer plano ante esa fachada ciudadana que tantas veces ha dibujado su lápiz, y después de probar con filtros y objetivos diferentes hay que rendirse ante el enemigo, que es la bruma y la contaminación. Esta mañana su paisaje no se deja fotografiar. Quizá prefiere quedar inédito a entrar en la hemeroteca, roto por los cables de alta tensión, las autopistas y las poco agraciadas viviendas de este siglo.

* Este artículo apareció en la edición impresa del 0017, 17 de diciembre de 1990.