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El Milan completa para Italia la 'triple corona'

Italia consiguió anoche un récord histórico: situar a tres equipos, Milan, Sampdoria y Juventus, en lo más alto de las competiciones europeas en la misma temporada. El Milan, por su parte, salvó el ejercicio con menos brillantez que el año anterior, pero sigue reinando en Europa. Para conquistar por cuarta vez el máximo título continental tuvo que sufrir. Y es que enfrente no tenía al Steaua de Bucarest, sino a un gran equipo, el Benfica, que, paradójicamente, accedió a la final de una forma irregular.Milan y Benfica volvieron ayer a verse las caras en una final de la Copa de Europa, después de 27 años. En el largo periodo de tiempo transcurrido ambos clubes han evolucionado en sus estructuras, aunque de forma diferente.

El Milan es ahora el espejo de la gente guapa del fútbol mundial, y no tiene en alguno de sus jugadores a su principal símbolo, sino en su presidente, Silvio Berlusconi, siempre rodeado de una corte de colaboradores y siempre aclamado por los tifosi.

El Benfica ha trabajado para no vivir de su pasado, pero todavía sigue dando una imagen decadente. Curiosamente, esa forma dispar de gestionar sus sociedades no difiere en su concepción del fútbol sobre un terreno de juego, que es lo que cuenta. Y eso quedó plasmado ayer sobre el césped del remozado Prater vienés.

Tanto Arrigo Sacchi, técnico del Milan, como el sueco Sven Eriksson, entrenador del Benfica, no sorprendieron a nadie. Utilizaron tácticas idénticas como dos gotas de agua -un 4-4-2 muy elástico-, basadas en los marcajes por zonas y en la presión constante.

Ni siquiera prepararon un golpe de efecto, y alinearon a sus mejores hombres, incluido el sempiterno lesionado Gullit, uno de los buques insignias de la flota de Berlusconi. Una disposición tan pareja de las piezas del tablero hacía presagiar unas tablas, y así sucedió, al menos durante los primeros 45 minutos. Apelotonados 20 hombres sobre el centro del campo, el encuentro se convirtió en un forcejo constante, que, durante los minutos iniciales, propició errores constantes en ambos equipos, atenazados por los nervios y la responsabilidad de jugarse toda la temporada -ni Milan ni Benfica han conseguido un título en este ejercicio- en un solo partido.

El Benfica se situó mejor sobre el terreno de juego, amparado en la frotaleza defensiva que le proporcionaban sus brasileños, Ricardo y Aldair. Los hombres de Eriksson, con mayor empuje físico y desdoblándose a la perfección, llegaron a poner en aprietos al Milan, y al mismo tiempo hicieron enmudecer a los tifosi. No obstante, carecieron del empuje necesario para batir a Galli, que no tuvo que intervenir en ninguna ocasión, salvo en el lanzamiento de cuatro saques de esquina.

El Milan dio la sensación de sentirse agobiado e incapaz de realizar su táctica habitual, porque careció de frescura de ideas y acusó el hecho de que dos de sus hombres más importantes, Ancelotti y Gullit, jugaran tras salir de una lesión, bien por decisión de Sacchi o por recomendación de Berlusconi.

Curiosamente, el conjunto italiano, que tan sólo forzó un saque de esquina en el primer tiempo, gozó de la mejor oportunidad. Sucedió en el minuto 40, cuando Van Basten despertó de su letargo, rompía la cintura de Ricardo y hacía trabajar a Silvino.

Todo cambió tras el descanso. El Milan recuperó parte de su agresividad perdida, quizá como consecuencia de su mejor preparación física. Todo lo contrario le sucedió al Benfica, que perdió su concentración, pagando el generoso esfuerzo del primer tiempo. Eriksson se dio cuenta, tras comprobar que el renqueante Gullit daba dos serios avisos. Cambió a Pacheco, pero no pudo frenar a Rijkaard, y su premonición de la víspera al afirmar que el holandés podía marcar la diferencia se cumplió.

Darle un gol de ventaja al Milan, y máxime en una final de la Copa de Europa, es poco menos que una sentencia de muerte, y el Benfica murió tras 90 minutos. Su muerte fue lenta e hizo esfuerzos deseperados para evitarla.

En esos momentos, el Benfica necesitó más que nunca a un superclase de la talla de Gullit o Van Basten. Pero sólo tenía a un tronquito, el sueco Magnusson, porque el brasileño Valdo ya no estaba para muchos trotes. Ni siquiera le valió el recurso de Vata, especialista en goles ilegales, y muy especialmente con la mano.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 24 de mayo de 1990

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