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Tribuna:

Retrete

Ya han inventado el retrete electrónico. El usuario se sienta, aprieta, suelta lastre y el retrete hace todo lo demás. Cuanto el ser humano desee saber acerca de su creación más íntima, se lo desvela el retrete electrónico con sólo apretar un botón: número, fecha, peso, composición.Una impresora registra en papelín los datos, al objeto de satisfacer a los que se enorgullecen de su obra y la dejan entera y olorosa donde caiga para pasmo de quien venga detrás. El que viene detrás, en efecto, se pasma (a veces hasta se desmaya) y suele escribir en la pared pragmáticas alusiones como "Terminada la faena, tírese de la cadena". Ahora, en cambio, los perpetuadores de catalinas tirarán sin reparo alguno de la cadena, pues para presumir de su abundancia y aroma el papelín les basta.

Otros no utilizan el papel higiénico porque no saben o no pueden. Los rollos de papel higiénico carecen de instrucciones para su uso y además son de formato único, cuando los pompis tienen tallas variadísimas, desde el ciruelo picudo a la cúpula vaticana. El retrete electrónico resuelve el problema, ya que, terminada la faena, suelta un chorro de agua calentita y perfumada directamente al sieso, no importa su volumen, dejándolo aromático y en perfecto estado de revista.

Giñar es un trascendental acto que los individuos realizan sin ayuda de nadie, y los inventores del retrete electrónico han tenido la elegancia espiritual de aliviar su soledad con acompañamiento musical. Por ejemplo, violines si el magma fluye por seguidillas, tambores si es borrascoso, y cuando el estreñido pertinaz consigue evacuar tras lastimosos gemidos y arduos forcejeos, el Aleluya de Haendel con masa coral y a toda orquesta.

Al placer de leer en el trono el periódico de una sentada se une el chorrito culero, y puede haber quien se pase en el retrete electrónico la vida mientras el resto de la familia revienta. Es su único inconveniente.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 19 de diciembre de 1989