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Tribuna:LA PRECAMPAÑA ELECTORAL

RTVE y 'La campana de Huesca'

CARLOS ROBLES PIQUEREl autor hace un paralelismo entre el episodio histórico de La campana de Huesca y la destitución de responsables en TVE cuando accedió a la dirección general José María Calviño, y critica la invocación a la profesionalidad hecha por, los trabajadores de TVE ante las acusaciones de la oposición.

He aquí una historia nunca contada: cuando un amigo y confidente de don Alfonso Guerra fue nombrado por don Felipe González primer director general socialista del Ente Público RTVE organizó en su despacho de Prado del Rey, meses antes ocupado por quién esto firma, una muy singular ceremonia de la humillación. Durante ella, en la desdeñosa presencia de don José María Calviño, que ni siquiera saludaba a sus víctimas, numerosos miembros de la plantilla profesional de RTVE, periodistas en su mayoría, fueron firmando sucesivamente el enterado de unas notificaciones por las que se les comunicaba su cese en las tareas que hasta ese momento ejercían en Televisión Española, en Radio Nacional de España, en Radiocadena Española o en el cuerpo central del propio Ente Público.Me han relatado este episodio varios de los que así, colectivamente, fueron destituidos, y recuerdo con especial viveza, como un homenaje a su recio carácter, la sobria y precisa referencia de aquella depuración en fila india que me dio Pachi Bermeosolo, ahora prematuramente fallecido. Dirigía él con buen tino la revista Tele-Radio desde antes de mi nombramiento, y en ese puesto siguió conmigo porque era un buen técnico en la honesta información, con quien, por cierto, no me unía ninguna amistad previa. Su horrible pecado fue quizá el de haberse atrevido a dedicarme un afectuoso suelto de despedida cuando los ataques socialistas que sufrí desde mi primer día en RTVE y otras razones menores contribuyeron a mi dimisión ante el último presidente de los gobiernos formados por UCD, los cuales no abusaron del monopolio televisivo para fines electorales.Siega,de cabezasAunque por fortuna incruento, pues la Edad Media quedó atrás, aquel episodio ofrece alguna similitud con la siega de nobles cabezas que nuestra his¡oria conoce con el nombre de La campana de Huesca. Ese gran escritor que es Francisco Ayala la recordó años atrás con sus connotaciones de oscuridad y alevosía. "El tajo", dice Ayala, "no se montó en la plaza pública, sino en una gran cuadradel palacio...". Y luego cita la breve mención de aquella mortandad que conservan los anales toledanos: "Mataron las potestades de Huesca. Era 1136".

Las potestades decapitadas en Prado del Rey no eran los escasos miembros del comité de dirección, cargos de lógica confianza; eran miembros profesionales del Ente y sus sociedades que habían sido seleccionados en sucesivos períodos, en su mayoría por directores generales designados después de promulgada. la Constitución y que nunca quisimos manipular los medios públicos de información con la desenvuelta frescura de estos años socialistas. Eran los cesados profesionales muy competentes, cuya masiva sustitución por gentes traídas a menudo de fuera no hizo entonces derramar ni una lágrima a quienes en estos días se rasgan, como cocodrilos gimoteantes, las vestiduras de su supuesta castidad informadora. Son muchos de estos llorones los mismos que ocuparon aquellas vacantes, los que -con el carné del PSOE a veces en la mano, a veces escondido, según el ejemplo del nuevo director generalno sólo se lucraron de un provecho que no habían ganado con sus méritos, sino que se aprestaron a servir a su partido único con tal descaro que han terminado por agotar la benedictina paciencia de todos los demás.

Por todo ello, la reacción suscitada por las demás fuerzas políticas, muy distintas entre sí pero todas ellas hartas del abuso de cada día, tiene como el más penoso de sus aspectos la actitud de unas pocas docenas de empleados fijos de la plantilla de RTVE, que pretende ahora envolverse en la bandera de la profesionalidad porque así lo ha dispuesto, desde la propia pantalla, la consigna dada por el gran violador de esa misma profesionalidad. Cuando hasta un hombre limpio llamado Nicolás Redondo destaca la tergiversación informativa que sus correfigionaríos imponen y que él mismo padece, no es necesario añadir nada desde otros campamentos políticos. Cabe sólo dolerse de la conducta de quienes usan el socialismo deshuesado que padecemos para defender unos puestecitos de poder y, de paso, unos sabrosos pluses salariales.

Carlos Robles Piquer es eurodiputado y fue director general de RTVE de 1981 a 1982.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 6 de octubre de 1989