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EDUARDO SUBIRATS La democracia de los signos

Estilizar una estrategia política, modificar la imagen de una institución, definir el estilo de una administración, el diseño de una gestión, la composición de un Gobierno, la exposición de su política, el maquillaje de una crisis... se diría que los profesionales de la nueva política democrática han adquirido una extravagante predilección por las metáforas artísticas. La reproducción audiovisual de las grandes y pequeñas decisiones colectivas y el carácter de medio y mediador universal que estos sistemas de comunicación de masas asumen totalizadora y totalitariamente imponen el rigor de la estética como norma del intercambio social. En la vida individual y privada, los mismos criterios de comunicación y acción individuales también conquistan, al fin y al cabo, la esfera vital a través de la moda, la cosmética, las dietas de alimentación, la psicoterapia o el body-training, otros tantos medios para poner en escena la representación de la persona como principio de autorrealización existencial.Pero los valores plásticos, estilísticos o compositivos no sólo traducen en otros términos, sobreañadidos o supraconstruidos, una realidad política sustancialmente diferente de aquellos valores. Más bien parece que el creciente predominio de contenidos estéticos en los contemporáneos Estados democráticos va acompañado de un progresivo vaciamiento de sus contenidos sociales, y que la estetización de la política, por consiguiente, más bien pone de manifiesto una modificación sustancial de sus significados. El pluralismo político es concebido de hecho como diversificación de los papeles institucionales políticamente representados, y el propio ideal contemporáneo de democracia parece que se ha reducido al derecho individual a identificarse con alguno de esos actores del gran escenario.

La política del maquillaje no es tanto un maquillaje de la política cuanto una reformulación programática de la misma, ahora considerada como fenómeno formal de superficie y gran obra de arte real. Más acá de los valores expositivos que definen las actuaciones públicas, su design o su styling, el fetichismo estético y el esteticismo fetichista de las nuevas democracias han penetrado su propia organización: se han convertido en un principio interior a partir del cual se generan las actuaciones políticas, y en algo así como una especie de moral, cuando ya la moral se ha convertido en materia de espectáculo público (en los países católicos, por lo demás, nunca fue otra cosa). Hasta las contemporáneas dictaduras parecen limitarse a un problema de desfasamiento estilístico desde el punto de vista de su performance.

Sin embargo, la mediación espectacular de la compra-venta de votos en los certámenes electorales, o bien de la legitimación de las fuerzas y actuaciones políticas, no sólo ha transformado las democracias en un fenómeno estético de masas: una democracia de formas y estilos, un concepto impresionista de la política como sistema de valores plásticos y compositivos, de imágenes y de signos. A su vez, esta mutación del sentido social de la política está necesariamente acompañado de una transformación del propio significado del arte en la cultura contemporánea.

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En los totalitarismos tradicionales, de derechas o de izquierdas, la cultura y la creación artística en particular constituyen, como esfera relativamente libre de poder y de las normas del trabajo alienado, un modo potencial de expresión y elaboración de conflictos humanos y sociales, y, por consiguiente, un virtual espacio de resistencia. De ahí que la figura culturalmente más representativa en esas estrategias totalitarias sea la del censor. Tanto esta figura del censor como el ascético fundamentalismo moral que invariablemente le acompaña son suplantados, al amparo democrático del contemporáneo Estado cultural, por la nueva figura del administrador, el animador o el agente de la cultura, nuevos protagonistas de la vida democrática necesariamente apoyados en una concepción hedonista de la cultura como placer y entretenimiento, y del arte como performance, happening o gran juerga.

La vigente trivialización de la cultura, a la que hoy contribuyen los más elaborados sistemas técnicos de reproducción y comunicación, es precisamente la contraparte del glamoroso bullicio cultural ad-ministrado en las metrópolis pos-modernas (el concepto de pos-modernidad es subsidiario de este significado a la vez burocrático y espectacular de la representación del poder y lo real). La des-semantización de las formas, la pérdida de intensidad y de contenidos críticos de los valores artísticos o las categorías intelectuales, es una de las consecuencias de este estado de cosas, y al mismo tiempo, constituye una condición funcional de la nueva concepción de la cultura promulgada por los medios de comunicación y producción de masas.

Hoy ya damos por sentado que el concepto de cultura no es idéntico con aquel significado de libertad y autorrealización que tuvo para los intelectuales de la Ilustración moderna. Y se acepta sin mayores reflexiones que tampoco la cultura es el medio, privilegiado porque marginal, en donde se dan expresión los conflictos sociales e individuales a través de una responsabilidad colectiva de los lenguajes intelectuales o artísticos.

La concepción pos-moderna de la política como obra de arte presupone la instrumentalización del arte como sistema de diseño destinado al control de lo real. Tal ha sido el destino elemental de la arquitectura y el urbanismo contemporáneos, y quizá uno de los motivos más poderosos de su interminable crisis de conciencia. Tal es el significado profundo de los medios técnicos de comunicación como mediación total de las masas. Por otra parte, la definición administrativa de la cultura como sistema de entretenimiento social y de neutralización de conflictos ha llevado necesariamente consigo la trivialización de sus expresiones y la pérdida de significado y de compromiso real de las formas culturales o de aquellos que las generan.

La trivialización y la redundancia, el bajo nivel de definición o de diferenciación, y la consiguiente desvalorización son procesos de desgaste y degeneración que, sin embargo, no afectan solamente a los lenguajes de los medios de masas o a los lenguajes artísticos, ni solamente a las formas de vida en general; constituyen aspectos de una devaluación general del pensamiento, incluidos el discurso científico y filosófico. Las cosas evolucionan a este respecto hasta el límite de la náusea: ¿quién espera un grito auténtico de un libro, un gesto de honestidad intelectual en una sala de exposiciones o la manifestación comprometida de una crítica sincera en cualquiera de nuestros medios de comunicación?

Pero es preciso hablar y es preciso seguir adelante: y que las palabras vuelvan a apropiarse de sus contenidos cognitivos y expresivos, las formas artísticas sean devueltas a una experiencia real, y los lenguajes culturales en general se confronten reflexivamente con aquel proceso de abstracción y racionalización que ha permitido a las vanguardias artísticas modernas definirse e instaurarse materialmente como principio colonizador de la cultura.

La crítica de la política como obra de arte, y de sus significados social y humanamente regresivos, sólo es posible a partir de la politización del arte. Lo mismo cabe decir de las formas y lenguajes culturales en general. Pero politizar el arte o la cultura no significa incorporarlos o deblegarlos a aquel principio de funcionalidad instrumental, ideológico o espectacular que hoy caracteriza indistintamente la actuación política y la comunicación de masas. Más bien significa devolver a los lenguajes y las formas aquella reflexión, transparencia y responsabilidad sociales que permiten hacerlos nuestros.

Eduardo Subirats es profesor universitario y filósofo.

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