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Yugoslavia, al borde de la disolución

Los choques nacionalistas entre etnias despiertan en este país comunista el peligro de la guerra civil

Recuerda a Jan Pallach. Kosovo está lleno de jóvenes dispuestos a ser sus emuladores por la causa albanesa. Puede pasar en cualquier momento: el diplomático occidental que recordaba el viernes en una cena en Belgrado al joven checo que se autoinmoló en Praga en 1969 en protesta por la invasión soviética de su patria está alarmado ante una crisis yugoslava que parece abocada a un conflicto violento.

ENVIADO ESPECIALLos residentes extranjeros en Belgrado están todos alarmados y atónitos. Los acontecimientos de los últimos meses, y sobre todo la pasada semana, han situado a Yugoslavia al borde de la disolución como Estado o de la guerra civil. Decenas de miles de manifestantes serbios en numerosas ciudades han pedido literalmente sangre. Convocados por representantes oficiales del Estado, han demandado fusiles a gritos y han pedido la horca y el empalamiento o el fusilamiento de compatriotas de otra etnia, la albanesa.Yugoslavia asusta al visitante. A poco de entrar en el siglo XXI los jóvenes serbios resucitan santos matamoros, popes martillo de herejes, y supuestas cuentas pendientes de la edad media que se disponen a zanjar de inmediato y por la fuerza. Nadie habla ya de diálogo político ni de soluciones pactadas para el conflicto de la provincia de Kosovo, habitada en un 90%. por albaneses y en un 6%. por serbios. Los albaneses son "unos salvajes", según han decidido ya por consenso absoluto la población serbia y su dirección comunista. Como tales, se disponen, al parecer, a tratarlos para evitar que se hagan con la provincia de Kosovo, que "es Serbia, siempre lo será", según las manifestaciones nacionalistas de Belgrado, Cacak, Smeredevo y otras muchas localidades serbias.

Tergiversación inaudita

La demografía no cuenta; las realidades, tampoco. "La Prensa y la televisión en Serbia mienten como bellacos. Lo que necesitan para su agitación nacionalista en contra de los albaneses se lo inventan. Han alcanzado niveles de tergiversación inauditos", señala un diplomático de un gran país occidental. Todos los días, los medios oficiales serbios bombardean a la población con información sobre la perfidia de los terroristas albaneses, la contrarrevolución, las traiciones y sus oscuros agentes extranjeros. Continuamente evocan la solidaridad de sangre con los eslavos, que viven acosados por la "hidra del separatismo albanés", como ha llegado a calificarlo Lazar Mojsov, ex jefe del Estado, por lo demás un hombre razonable.

Es precisamente el raciocinio lo que parece haber desaparecido en la actual situación en Yugoslavia. Nadie parece echarlo de menos. Los políticos no hacen sino evocar emociones, recordar batallas de hace seis siglos, odios atávicos y amenazas diabólicas.

El gran campeón en esta carrera por despertar los sentimientos que han sembrado de cadáveres durante siglos a la región balcánica es el líder serbio, Slobodan Milosevic. En Belgrado es muy difícil encontrar un adversario de este político populista. Con su honradez ya proverbial en un partido podrido por la corrupción, con una demagogia sin rival en la Europa de la posguerra y un lenguaje claro, exento de la retórica hueca, tediosa y necia de la mayoría de los líderes comunistas de este país, Milosevic ha logrado sumir a la sociedad serbia en una histeria colectiva de la que no se salvan ni los intelectuales y disidentes.

Algún país occidental, como Estados Unidos, vio en principio con simpatía la ascensión de un líder fuerte, honrado y con visos de ser efectivo. La dramática situación económica, la irracional legislación y el incomprensible e impracticable sistema socialista autogestionario requieren medidas urgentes. Un hombre fuerte en el poder podría ser la solución, pensaban algunos.

Hoy entre los diplomáticos occidentales ya se ha desvanecido esta ilusión. Existe práctica unanimidad en calificar a Milosevic como un gran peligro para el futuro de Yugoslavia como Estado. Si Milosevic se hace con el poder, los observadores sólo ven dos opciones. Yugoslavia se divide en dos o tres Estados enfrentados entre sí y focos de tensión para todo el continente en lo que sería el primer cambio de fronteras desde el final de la guerra con gravísimas consecuencias, o Milosevic impone un Estado dictatorial y policial para reprimir a los pueblos no serbios. Milosevic nunca podrá gobernar Yugoslavia de una forma "más o menos normal" para los tiempos que vivimos, coinciden albaneses, eslovenos y croatas.

Los parias albaneses

"Los albaneses son 1.600.000 y cuentan con una provincia. Los montenegrinos no llegan a 600.000 y tienen su república. Lo grotesco es que los albaneses ni siquiera piden una república; tan sólo luchan por mantener su estatus y evitar lo que cada vez parece más evidente: que Milosevic quiere hacer de los albaneses los parias del Estado serbio", dice un veterano periodista serbio, cuya opinión no encuentra eco en Belgrado. "Los discursos de Milosevic y de su adláteres destilan puro racismo hacia los albaneses", asegura un diplomático occidental.

En Kosovo, mientras tanto, los tanques recorren las calles y los aviones de combate hacen vuelos rasantes. En los últimos días Kosovo está en calma. Pero la universidad de Pristina, los jóvenes en las ciudades y los obreros en las fábricas no creen ya en la pasividad. "Contra más aguantamos, más nos aprieta [Milosevic]. Nos quiere liquidar como pueblo", dice Rajman, un estudiante que sueña con vivir algún día en una gran Albania. El odio entre las etnias en la región es recíproco. La desesperación aumenta. Los Jan Pallach pueden arder en cualquier momento.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 5 de marzo de 1989