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Europa y el conflicto árabe-israelí

Las imágenes, así como las precisas cuentas de los jóvenes árabes muertos en las zonas ocupadas bajo los fusiles automáticos del Ejército de Israel, plantean de nuevo en Europa la cuestión judía. Una mínima sensibilidad medial permite comprobar que el tratamiento de esta guerra posee un rasgo distintivo: sus víctimas de la parte árabe se cuentan por unidades, a menudo con referencias individualizadas al sexo, lugar y edad, en un mundo que computadoriza por centenas las víctimas de guerras regionales y por cientos de miles el material humano que sucumbe estadísticamente en las catástrofes económicas y ecológicas del planeta. Esta circunstancia se ha esgrimido a menudo como argumento para limpiar la sangre que ensucia las manos propias con la sangre de manos ajenas. Su valor sintomático, no obstante, sigue residiendo en el hecho de que en este caso especial las muertes se cuentan puntillosamente, como si se tratase del saldo de una vieja cuenta pendiente.Por otro lado, Europa tiene olvidada la cuestión judía, o más bien tiende a sentirla como una cuestión liquidada. Creo a este respecto muy esclarecedor el modelo español. En 1492 comenzó una persecución religiosa y social de los judíos sefardíes que sólo acabó un siglo después con la persecución y muerte de los cristianos nuevos que se habían refugiado en un cristianismo de orientación más liberal, más crítica y humanista. Luego su rastro desapareció como si nunca hubieran existido en la conciencia y en la realidad históricas. El español medio de hoy desea recordar escasamente la existencia judía de la España de ayer. Ello a pesar de que la cultura judeoespañola constituye una doble y fundamental referencia a la propia constitución de la identidad española: por la aportación científica y cultural judía y por la visión del conflicto con el mundo cristiano que representa.

En la Alemania contemporánea, las generaciones más jóvenes no quieren saber mucho más del holocausto. Y tienen, por lo menos a su favor, tan buenas razones para olvidarlo como el español para ignorar la edad de las persecuciones religiosas y raciales: quiere sentirse inocente y gozar de las superficies sin fisuras de su identidad nacional, y no arrastrar el dolor de una memoria histórica negativa o escindida.

Por otro lado, la narración medial de la actual fase de la guerra árabe-israelí recibe, por lo menos en un aspecto, el mismo tratamiento que la representación de la guerrilla del Tercer Mundo y el terrorismo del Primer Mundo: se exponen los datos de las acciones, no la situación global que los genera. La situación es, sin embargo, comparable a la del judío en la Europa antisemita de los años del nacismo o de la edad de las cruzadas. Sólo que ahora se ha mudado al escenario árabe, es decir, al nuevo marco político-geografico al que Europa transfirió territorialmente su cuestión judía después de la última gran guerra.

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La buena conciencia europea tiene dos razones para no querer reconocer esta situación, o sea, la fragilidad de la existencia., el permanente y si se quiere hasta neurótico replantearse la razón y las posibilidades de existir como nación y como comunidad que uno respira en Israel tan pronto traspasa el portón del aeropuerto de Tel Aviv: la primera es que no la ha reconocido nunca a lo largo de su historia, como demuestran bastantes hechos y hazañas; la segunda es que ya no quiere recordar su parte de responsabilidad que, con el holocausto como culminación de una larga historia de antisemitismo, contribuyó a la creación del Estado de Israel.

Desde la guerra de Líbano, el desastre de Sabra y Chatila y la intifada, los medios de masas subsumen tácitamente una secreta afinidad entre las matanzas y el totalitarismo nacionalsociaista y la actual política y sociedad de Israel. Contra la poderosa fuerza retórica de esta imagen del espectáculo medial no valen argumentos. Sería demasiado fácil demostrar que entre la Alemania nazi y el joven Estao lo de Israel no existen precisailente muchos paralelismos. Interesante es esta imagen, Ún embargo, porque pone en escena y de una sola vez aquel olvido de las buenas conciencias, junto con el descargo de viejas culpas y angustias, y la figura del nuevo antisemitismo europeo.

Las imágenes del espectáculo muestran que la víctima de ayer mata, somete con intransigencia, expatria y encierra en campos de refugiados: lo mismo que antaño sus verdugos. Luego ya las víctimas no son mejores que los verdugos, ni hay ya razones para culpas. Al mismo tiempo, sin embargo, estas mismas imágenes despiertan ingenuamente viejos mitos del antisemitismo más empolvado. La intifada es una ilustración de las sagas, forjadas en las salas de tormentos de la Inquisición española, de judíos que torturaban y mataban a niños para su celebración del pessah. El verdugo se declara inocente, para concluir finalmente que su crueldad es propiamente atributo de su víctima.

Como nadie quiere aceptar un argumento que ponga en cuestión sus señas históricas y de identidad, y cargar en su conciencia con otro dilema más en un mundo con demasiados dilemas, se me objetará que justifico la matanza de los territorios ocupados y el imperialismo del Estado de Israel.

Pero no se trata de eso: justifico más bien aquella parte importante de la sociedad israelí que se manifiesta, critica y combate abiertamente la matanza de la intifada, pero no sobre la base de un humanitarismo cristiano que, entre otras cosas, permitió ayer el holocausto y anteayer la aniquilación de los pueblos y culturas de los indígenas americanos, sino en nombre de los valores espirituales y de la voluntad utópica que configuraron el retorno judío a Israel. Y creo también legítimo que esta crítica que Israel se plantea en todos los planos de su vida cultural y política no ignore, en nombre de sublimes ideales del más allá, los peligros que la actual intensidad militar entre las todavía demasiado recientes fronteras de Oriente Próximo entraña.

Por otra parte, en los media europeos se reiteran las visiones del pueblo judío bajo el signo de la persecución y el holocausto. La propia retórica proisraelí abusa de las imágenes de exterminio y espanto del pueblo judío que ya el europeo dificilmente puede comprender, rodeado del confort del dinero y de la vida espectacular. Pero parece haberse perdido, al mismo tiempo, el hilo del recuerdo de los contenidos socialistas, del sentido mesiánico y utópico y de la intensidad ética e intelectual que creó la comunidad israelí, en cuyos contenidos tampoco se quiere reconocer la buena conciencia europea de hoy.

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