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Editorial:

Así se escribe la historia

UNOS AÑOS después de la celebración del 200º aniversario de la independencia de Estados Unidos (1776) comienza a conmemorarse el bicentenario de la Revolución Francesa (1789). Los dos hechos están relacionados entre sí y se consideran como el principio de la democracia moderna, la cual, a su vez, después de numerosos avatares, guerras y revoluciones, se juzga como un bien general o al menos como el mal menor en la forma de gobernación de los pueblos. Sin embargo, las revisiones históricas de nuestros días comienzan a dudar del valor tanto de aquéllos como de otros sucesos que han configurado el mundo contemporáneo.Existe una revisión popular y otra que podemos llamar culta o profesional. La popular se centra en un auge de las novelas históricas, junto con el cine, el teatro (seis obras se representan en París sobre la revolución) y la televisión. Estas formas de relato, que constituyen una moda, tienden a reducir complejas situaciones históricas a una simple pugna de buenos y malos; un cierto espíritu sensacionalista lleva a algunos a reivindicar personajes que pasaron como crueles o injustos, y a otros, a salvar momentos enteros de oscurantismo humano. Se entra ahora, al mismo tiempo, en una revisión de la historia de la revolución soviética, que nace del propio Moscú y por una razón tan ingenua como demostrativa: los actuales gobernantes desean incorporarse rápidamente a un mundo que les parece mejor, o más conveniente, y se desolidarizan de sus predecesores -ya empieza a llegarle el turno a Lenin- o reivindican a los que fueron víctimas de esos predecesores, los cuales ya habían modificado la historia anterior, a veces por medios tan brutales como arrancar páginas de libros de historia y enciclopedias.

La fiebre del revisionismo histórico, dejando aparte las arbitrariedades de los narradores (aparte, pero no tanto como para no subrayar cómo contribuyen a la confusión), obedece en casi todos los puntos a la posición política del momento. En Francia la consideración de la revolución de 1789 se reparte con bastante simplicidad; la derecha recalca el Terror, el regicidio (en una emisión pública de televisión, la mayoría de los espectadores indultó a Luis XVI), la aparición de los mediocres, para argumentar la necesidad posterior del imperio y las restauraciones monárquicas, y hasta la actual forma presidencial que implantó el general De Gaulle, como formas imprescindibles de la rectificación de la revolución. La izquierda, en cambio, se centra en principio en las doctrinas políticas, morales y filosóficas que alentaron la revolución (en resumen, la Enciclopedia) como verdaderas transformadoras del mundo moderno, y remiten la sangre a una época donde la represión del Estado era también sangrienta y donde el hambre causaba más muertos que la propia revolución. Una y otra forma de escribir la historia difílcilmente permiten hablar con dignidad científica de la concatenación de sucesos, del sentido de la historia o de su providencialismo. En definitiva, se trata de borrar la sangre y las conquistas sociales de las revoluciones pasadas como fuentes de la democracia actual.

Los españoles no tenemos de qué sorprendernos. Los que han vivido algunos de los cambios de régimen de este siglo han tenido que rectificar numerosas veces su concepto de la historia simplemente para poder dar su aprobación al presente; y en ello se envuelve desde Darwin y Malthus, o más atrás -todavía hace unos días hubo reivindicaciones de la época árabe en Granada-, hasta, naturalmente, la guerra civil, que la sociedad dominante en la actualidad ha tomado por un tema de mal gusto o de mala educación.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 16 de enero de 1989