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Tribuna:

Las dos Europas

La unidad de Europa no solamente exige la supresión de las fronteras aduaneras entre los 12 Estados implicados. También exige que las diferencias de eficacia disminuyan. En la actualidad, un abismo separa a la Europa de la decisión política de la Europa impotente para decidir. Si la segunda no va alineándose poco a poco con la primera, las autoridades de la Comunidad Europea corren el riesgo de encontrarse en situación de inferioridad el día 1 de enero de 1993 para enfrentarse a Estados Unidos y a Japón en la despiadada concurrencia entre los tres polos del mercado mundial.El obstáculo podría superarse si estas autoridades emanasen directamente de los pueblos de Europa. El Parlamento de Estrasburgo se halla en este caso. Pero ni el Tratado de Roma ni el Acta Única le otorgan auténticos poderes de decisión. De cualquier modo, el crecimiento, por un lado, de la multiplicidad de los partidos y, por otro, de las naciones impedirá durante mucho tiempo contemplar mayorías sólidas y homogéneas. Un parlamentarismo comunitario se parecería más al de Roma o al de Bruselas que al de Londres o al de Bonn. Sería mucho menos operativo que las actuales instituciones. únicamente un presidente elegido por sufragio universal podría dotar a la Europa unida de un poder económico equivalente a los de Washington y Tokio. Sin duda se conseguirá algún día, pero probablemente no antes del! año 2000.

Mientras tanto, la Comunidad Europea tendrá que ser necesariamente administrada por el sutil mecanismo de la pareja Comisión-Consejo,, cuya eficacia depende ante todo de la capacidad de los poderes nacionales para elaborar compromisos rápidos y serios entre unos y otros, como ocurre con los Estados que forman la Europa de la decisión. En Londres, París y Bonn, mayorías permanentes estables y disciplinadas permiten adoptar posiciones claras y adaptarse a ellas. La misma situación puede encontrarse hoy día en Madrid, Lisboa o Atenas, pero en estos casos está menos asegurada. Dublín también a veces la consigue, y raras veces se aleja de ella. En todas estas capitales, el presidente o primer ministro puede hacer que sean aceptadas por el Parlamento las soluciones que propone o ratifica en los organismos comunitarios. Pero, al mismo tiempo, se benefician de una legitimidad popular porque las elecciones nacionales permiten a los ciudadanos elegir o revocar a su Gobierno, que, de este modo, se ve abocado a adaptarse a la voluntad popular.

Por el contrario, en Roma, La Haya, Bruselas, Copenhague o Luxemburgo, los electores reparten las cartas y, a continuación, son únicamente los partidos quienes juegan la partida, cosa que da como resultado Gobiernos débiles y mayorías volubles y divididas. Las crisis ministeriales son frecuentes (casi todos los años en Italia) o extremadamente largas (hasta siete y ocho meses en Holanda y en Bélgica). En el primer caso, el Ejecutivo es inestable; en el segundo, está anclado: se mantiene el mismo equipo, ya que no se puede constituir otro, pero permanece paralizado casi constantemente. La disolución se convierte en un sustituto de la impotencia de los gobernantes, que aparentan remitir de nuevo al pueblo las cuestiones que no pueden resolver, sabiendo en todo momento que tampoco él puede dar una respuesta clara dada la multiplicidad de los partidos y el mecanismo del recuento proporcional.

Así es la Europa impotente para decidir. La debilidad del Estado frena el desarrollo interior de la nación. En los países pequeños, las consecuencias son menos graves: los jefes de las grandes empresas tienen más peso que los ministros, y es ese dinamismo económico el que compensa la astenia política. La potencia de Philips importa más que la inercia del Gobierno de La Haya. En las grandes naciones, las relaciones de fuerza están invertidas: el fundador de la Fiat (antes de desaparecer) había señalado que la impotencia del Gobierno de Roma frenaba la expansión del país. La influencia de Italia en la Comunidad Europea también sufrió las consecuencias de la: atrofia del Estado. ¿Cómo podría ser igual su jefe de Gobierno a Margaret Thatcher, el canciller Kofil o Frangois Mitterrand en las reuniones en la cumbre si da la impresión de ser

un turista de paso que se codea con residentes permanentes?Sin contar con que, con frecuencia, tiene que ausentarse a causa de las crisis ministeriales.

La Europa de la decisión constituye el motor de las instituciones comunitarias, cuyo freno es la Europa impotente para decidir. Hoy día, el freno se ha desarrollado ya demasiado en relación al motor, aunque éste sigue tirando de una CE bastante lábil. A partir del 1 de enero de 1993, esta disparidad se hará muy grave para una Comunidad Europea con mucho más peso. ¿Cuántas medidas fundamentales se han ido demorando durante largo tiempo porque el representante de Italia, de Holanda o de otra nación sin aparato decisorio carece de la capacidad de aceptar una'decisión enérgica? Es un problema fundamental que no debería ser ignorado por más tiempo.

Felizmente, los Estados de la Europa de la impotencia comienzan a tomar conciencia de ello. Italia, al supriniir el voto secreto para un gran número de escrutinios parlamentarios, aborda por fin seriamente la reforma de sus instituciones políticas, objeto desde hace mucho tiempo de excelentes análisis verbales, sin efecto hasta el momento. En Bruselas, el Gobierno de Maertens parece finalmente decidido a realizar la transformación de su país en una federación, único medio que permitirá una consistencia racional de las tres comunidades, cuyas querellas hacen ingobernable Bélgica. Los progresos del mercado único no dejan de tener influencia en tales evoluciones. Si el desarrollo de la Comunidad Europea tiende a limitar ciertas competencias de los Gobiernos nacionales, implica también el fortalecimiento de su capacidad de decidir, que exige el de las instituciones europeas. Se ve perfectamente hasta qué punto las querellas de los años cincuenta han pasado a ser arcaicas.

Traducción: Daniel Sarasola.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 2 de noviembre de 1988