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CARTAS AL DIRECTOR

Inauguraciones

El pasado 2 de agosto perdí en la nueva estación de Atocha el tren de comienzo de mis vacaciones gracias al excelente servicio de información, un magnífico complejo de ordenadores y la eficiencia de un empleado que, por todo consuelo, me aseguraba que lo sentía, pero que "son los síntomas de la nueva Renfé". Tras guardar cola en las taquillas de la antigua estación durante 20 minutos, en la ventanilla se me asegura que mi tren parte de las nuevas instalaciones. Sofocado y extrañado por no encontrar indicador que así lo constate, recorro los 200 metros que separan una estación de otra, tras lo cual vuelvo a hacer cola en otra ventanilla. El tiempo vuela. Cuál no será mi sorpresa cuando el empleado de turno avisa que los ordenadores no expenderán billetes hasta pasados 10 minutos, por avería. Al hacerle notar que el tren está a punto de salir, se nos contesta a un grupo de viajeros que el tren no partirá sin nosotros y que "no desesperemos, que más sufren los empleados" (sic). Dos minutos después se nos comunica por megafonía que accedamos directamente al andén, donde el interventor nos expenderá directamente los billetes. Tarde, mal y nunca: cuando queremos reaccionar, el tren ha partido.La oportuna y necesaria reclamación no me ha hecho olvidar las inauguraciones franquistas: días antes, esa misma estación de Atocha fue inaugurada a bombo y platillo por dos ex ministros (Barón y Caballero), el núevo titular de Transportes (Barrionuevo) e incluso por el alcalde de Madrid, Juan Barranco. El caso era cortar la cinta, salir por televisión y que se enteren los españoles, aunque luego nada funcione. ¡Pobrecitos, sí ellos ya han cambiado el tren por el Mystére!- Luis C. Ramírez.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 12 de septiembre de 1988