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Tribuna:

Los 'grume'

Aunque la palabra grume suene a marca de piensos compuestos para cerdos, pongo por caso, en realidad se trata del nombre coloquial de los Grupos de Menores, un flamante invento de la Dirección General de Policía. Ya están funcionando en las principales ciudades del país. Y se dedican al rastreo de jovenzuelos.Dicen los responsables que los grume, entre otras actividades notoriamente benéficas, vigilarán los malos tratos de los padres y evitarán la explotación y la prostitución de los chiquillos. Lo cual está de perlas. Pero, además, y sobre todo, estos grupos tienen como misión "detectar y controlar a los menores conflictivos" y mantener al día un banco de datos de estos chavales "potencialmente delincuentes". La mera juventud, a lo que parece, ya resulta lo suficientemente sospechosa. Y si a este accidente cronológico le añades algún que otro adorno, como, por ejemplo, pertenecer a un barrio pobre o llevar los pelos disparados, entonces ya nada librará al chaval, o eso me temo, de engordar el ordenador policial y de tener a un grume trepado a sus espaldas día y noche. Me gustaría saber quién decide, y por qué, que un chiquillo es un delincuente potencial.

Pero los grume, en realidad, no hacen sino responder a una demanda general. El guardia civil que el otro día mató a un muchacho y casi acabó con otro (añadiré "supuestamente", por el aquel del intríngulis legal) se lanzó sobre ellos, o eso dicen, al grito de sois todos drogadictos". Disparó, en fin, porque eran jóvenes. Nuestra sociedad desconfía cada vez más de los menores. Los evitamos en las calles oscuras, los observamos con suspicacia. Nos dan miedo. Es un temor razonable, desde luego. Sabemos que les estamos construyendo un mundo lamentable, que les hemos preparado un futuro de paro masivo y de marginación. Con nuestro fino olfato de cobardes, con la celeridad mental que da la culpa, venteamos en ellos el peligro. De seguir así, pronto habrá que crear los gruin, o Grupos de Infancia. Porque los niños de cuatro años también son potencialmente el Enemigo.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 9 de julio de 1988