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Editorial:

Más que una crisis

LA INSÓLITA conferencia de prensa protagonizada por los jugadores del Fútbol Club Barcelona en la que han, pedido la dimisión de su presidente, Josep Lluís Núñez, crea un precedente en el fútbol mundial. Aun que algún representante de la directiva ha intentado encontrar antecedentes, ni algunos encierros de futbolistas ni la nota firmada por la plantilla del Atlético de Madrid en defensa de un entrenador defenestrado pueden compararse al espectáculo de 21 profesionales del deporte delante de los medios de comunicación leyendo una nota de siete puntos de una dureza desconocida. Los jugadores del Barga acusan a Núñez nada menos que de dividir a la plantilla, de humillarlos, de engañarlos, de responsabilizarlos de sus errores, de intentar comprarlos, de no acudir por el vestuario desde hace tres meses, de no respetar a la afición, de convertirse en el dueño y señor de una directiva inexistente y de no amar al fútbol ni al Barga, sino sólo a sí mismo.Es decir, los jugadores denuncian ahora los métodos de Núñez, una forma de actuación que la oposición primero y después gran parte de la afición ya sospechaba, pero que en estos momentos se muestra en toda su crudeza narrada por los protagonistas. Es cierto que son los socios, y no los jugadores, quienes pueden pedir la dimisión del presidente. Es igualmente cierto que los futbobstas merecen el reproche de que sólo han expresado lo que la mayoría pensaba cuando sus rentas se han visto afectadas por la negativa del club a satisfacer los impuestos por los dobles contratos.

Sobre el fondo del problema que ha desatado la tempestad, es incuestionable que cada ciudadano debe pagar sus impuestos. Si en este caso, como afirman los jugadores, Núñez les prometió que el club liquidaría a Hacienda los tributos derivados del contrato de imagen y ahora se niega a hacerlo, tienen derecho a reclamar, porque los pactos deben cumplirse. Sin embargo, estos problemas se producen por la existencia misma de dos contratos, una práctica que recuerda demasiado las cajas B y que sólo ha salido a la luz a raíz de la demanda presentada por Schuster.

Dentro de una semana se cumplirán los 10 años de presidencia de Núñez, caracterizados por una gestión deportiva llena de fracasos, una política de obras -el presidente es constructor- faraónica, una trayectoria errática en sus relaciones con los mandatarios del fútbol español, una obsesión infantil que le ha llevado a destruir progresivamente la imagen del club en el exterior y un balance económico más salvable que todo lo anterior, pero asentado en la sencilla fórmula de exprimir al socio hasta que aguante. Diez años después, el panorama es desolador: uno de los vicepresidentes de la entidad reconoce que ésta es la crisis deportiva más grave de la historia, y el club se ve obligado a montar una gira de final de temporada por falta de liquidez, mientras la obra más recordada de Núñez es un colosal estadio vacío.

El vía crucis barcelonista de esta temporada llega así a su punto culminante. Ni siquiera el triunfo en la Copa del Rey -ese título que Núñez necesita cada año para salvarse- servirá en esta ocasión de nada. Ni el fichaje de Cruyff, que era el penúltimo conejo que quedaba en la chistera. Pero estos episodios no hacen sino confirmar el desamparo en que se encuentra el fútbol español. No deja de ser curioso que unos asalariados -los jugadores- pidan la dimisión del patrón -el presidente-, mientras a los verdaderos propietarios -los socios- sólo les queda el recurso de refugiarse en su propia perplejidad. ¿No es ya el momento de que los clubes se conviertan en auténticas empresas dirigidas por profesionales que pagan a profesionales con un verdadero control reconocido a los socios accionistas?

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 30 de abril de 1988