Una de espías.
LOS ESPÍAS propios son una desgracia para el Reino Unido. Algunos de los que se le hicieron novelistas, como Somerset Maughani o Graham Greene, como John le Carré, con sus desesperanzados e irónicos relatos, ya nos habían descrito por medio de la ficción ese panorama del funcionario de los servicios amargado y chismoso, resentido y escasamente heroico.Ahora son libros de documentos, memorias y nombres propios los que revelan los datos de esos bajos fondos y ponen a Margaret Thatcher ante el dilema de soportar las revelaciones indeseadas, en las que los Gobiernos no aparecen nunca con las manos limpias, o acudir al ejercicio de la censura, como lo está intentando obstinadamente. Después de las aventuras públicas y ridículas -para el servicio- de Philby y Mac Lean, aparecen ahora como un sarampión estos relatos de los espías envejecidos.
Peter Wright, que fue jefe del espionaje, escribió Spyeatcher, donde denunció las manipulaciones internas y sobre todo la conocida vergüenza de que las actividades secretas se hayan dirigido a operaciones políticas internas, contra partidos y personas, y hasta contra ideologías, en lugar de trabajar en la defensa del Estado frente a otros países. Para obturar ese Ebro, Thatcher lleva todo este año empeñada en pleitos y acciones judiciales, con más de 400 millones de pesetas gastados: el intento de prohibición no se dirige sólo a las editoras, sino a la televisión, la Prensa y la radio, por lo cual se considera un intento de coartar la libertad de expresión:
Mientras está en activo esa lucha, otro relevante espía, Anthony Cavendish -ahora banquero, y opulento-, ha lanzado su propio libro: Inside intelligence, con la astucia de imprin-fir por su cuenta una tirada pequeña, 500 ejemplares, y enviarlos a personalidades del país, para evitar cualquier intento formalmente legal de persecución. En 160 páginas explosivas revela sórdidas cuestiones internas, como la utilización de la homosexualidad para descalificar a hombres del servicio. Por lo que se sabe de este documento, es otra demostración de que lo que un día se llamó inteligencia es en la actualidad el nido de chismes y traiciones que había trascendido ya a la literatura.
Hay dos temas entrelazados en esta cuestión. Uno de ellos es el de la decadencia del espionaje humano, la debilitación de los mitos de fuerza, como el de James Bond, o los de sagacidad y paciencia; la ya casi universal inutilidad de unos personajes dudosos, venales, muchas veces dobles y generalmente poco inteligentes frente a la expansión de la técnica de ver y oír y contar al enemigo. El otro tema es el de la obsesión de los Gobiernos democráticos por organizar el silencio en torno a todo lo que ellos no quieren decir; y sólo quieren decir la propaganda. Margaret Thatcher ha perdido incluso la cara en sus intentos de reforzar las leyes de secretos oficiales o las actas de juramento que prohíben a los funcionarios hablar de su función, y en conseguir de los tribunales unas extensiones aberrantes de las leyes hechas para proteger el honor y la intimidad para convertirlas en censoras.
Sin necesidad de entrar a discutir la honorabilidad de estos espías parlanchines, lo que se defiende en el Reino Unido es el derecho de la sociedad a saber y a estar informada. No otra cosa es el fundamento de la libertad de expresión: no tanto la de apoyar a quienes se expresan y se profesionalizan en ello, sino la de defender a la sociedad que tiene parte príncípalísíma de su poder colectivo y democrático en la información que recibe y le ayuda a formar su propia opinión con todos los datos que se le puedan suministrar.
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