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Crítica:

Una comedia gratificante de Richard Quine

Richard Quine, director, y Judy Holliday, actriz principal, son hoy las estrellas del cine que pasan por televisión. Y tanto a uno como a otra les hace falta una urgente reivindicación. Quine, de quien ya no sabemos nada últimamente, fue un excelente director de comedias (y de algún melodrama de peso como Un extraño en mi vida), que planeó por las décadas cincuenta-sesenta, dejando una imborrable huella en el aficionado con títulos como Me enamoré de una bruja, La indómita y el millonario o La pícara soltera chispeantes, picantes y, por supuesto, nada ingenuas.Y Judy Holliday, muerta prematuramente, fue una pequeña reina de la comedia, me morable analfabeta de Nacida ayer, inolvidable amante sufrida de La costilla de Adán, por mencionar aquí sólo dos de sus, por otra parte escasas, creaciones.

Pues bien, Quine y Holliday coincidieron en 1956 con Un cadillac de oro macizo, modesta pero sumamente gratificante adaptación de una obra teatral de George S. Kaufman y Howard Teichmann sobre el mundo financiero de Wall Street. Comedia tocada de una mano ácida que a nada hace concesiones, tiene la ventaja hoy cada vez más infrecuente de estar espléndidamente dialogada. Y el diálogo para una comedia no cómica (aparte, claro está, la buena dirección y la interpretación, aquí absolutamente sólidas) es requisito indispensable para su funcionalidad.

Historia de homosexuales

Los chicos de la banda es una obra teatral de Mart Crowley que cosechó un gran éxito en Broadway. Narra la reunión de un grupo de homosexuales que celebran en una casa el cumpleaños de uno de ellos. Al principio, mucha alegría y todas locas; pero después lisas paredes aprietan y empiezan a emanar de los poros demonios. Y ahí se nos habla, en un tono ciertamente facilón, de su condición. De su marginación. De los celos, in satisfacciones, frustraciones, etcétera, que cada uno tiene. Se desnudan moralmente y las palabras adquieren aire de trascendencia.El mismo Crowley escribió el guión de la película que habría de adaptar su obra, la produjo y eligió a los mismos actores de la obra teatral para que vertieran todo su saber hacia la pantalla. Un realizador seguro y sin delirios personales, Wílliam Friedkin (que no tardaría en hacerse famoso con French connection y El exorcista), se encargó de la realización teniendo de antemano muy claro que había de rendir pleitesía a Dios Growley y ser fiel como perrito.

El resultado es un filme correcto pero tramposo, de apariencia progre aunque en realidad enquistado, muy charlatán y muy oportunista. También muy telefilmesco, mecido por ese viento que todo lo uniformiza y ante al que acostumbramos a reposar nuestro ocio.

El adolescente tambor

Por su parte, La leyenda del tambor es una muy aplicada versión de la célebre historia del adolescente tambor que hizo retumbar las montañas de Montserrat, que ya había sido llevada a la pantalla, 35 años antes, por Iquino. Jordi Grau demuestra una inusual mano para las escenas de acción, perfectamente planificadas y desarrolladas, y también pequeños brotes de un buen intimismo. Por lo demás, con cuatro trazos tópicos se resuelve la leyenda.Un cadillac de oro macizo se emite hoy por TVE-2 a las 19.30. La Banda del tambor se emite hoy por TVE-1 a las 16.05. Los chicos de la banda se emite hoy por TVE-1 a la 1.05.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 30 de mayo de 1987

Más información

  • "UN CADILLAC DE ORO MACIZO"/ "LOS CHICOS DE LA BANDA"