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El Gobierno deporta al sur de Chile a las dos comunistas que volvieron del exilio

Llorando, con la emoción de casi 13 años de exilio, los familiares y amigos de las ex parlamentarias comunistas Julieta Campuzano y Mireya Baltra, las recibieron de su retorno en la casa de esta última. A voz en grito, desariando las decenas de agentes de seguridad, cantaron con énfasis aquella estrofa del himno nacional que dice: "O la tumba serás de los libres o el asilo contra la opresión". La alegría duró poco. En la noche del martes 12, Campuzano y Baltra fueron deportadas por la dictadura a remotos lugares de la Patagonia.

El Gobierno fijó la residencia de Campuzano en Sierra Gorda, y de Baltra, en Puerto Aysem, a 1.600 kilómetros al Norte y 1.700 kilómetros de Santiago, respectivamente.El Ministerio del Interior, al igual que lo hizo con el retornado ex vicepresidente socialista Clodomiro Almeyda, las deportó por orden administrativa, sin esperar que el Tribunal de Apelaciones resolviera el recurso de amparo que presentaron por ellas dos connotados abogados democristianos.

Tres detectives entraron al comedor de la casa donde se encontraban, y en medio de silbidos las detuvieron. Ni la ex diputado y ex ministro del Trabajo del Gobierno de Salvador Allende, Mireya Baltra, de 52 años, ni Campuzano, de 69 años, ambas integrantes del Comité Central del partido comunista, se resistieron, y al salir dijeron: "Esperamos que haya una amplia solidaridad con nosotras".

Las dos mujeres son símbolos en su propia organización porque representan la presencia obrera femenina en la dirección de¡ partido comunista. Baltra fue vendedora de periódicos y Campuzano empezó su trayectoria como dirigente en las minas de cobre.

Ambas fueron entrevistadas por EL PAIS una hora antes de ser deportadas. Según contaron, después de 13 años de exilio y cuatro frustrados intentos de retornar por tierra y aire, llegaron a Chile el 20 de marzo, atravesando el paso montañoso de Tronador, en la frontera con Argentina, 900 kilómetros al sur de la capital.

Las dos retornadas esperaron a que pasara el impacto que ocasionó el regreso clandestino de Almeyda antes de presentarse a la justicia.

Las dos mujeres son de la línea radical dentro del partido comunista. Para Baltra, "el único camino es la unidad. Los partidos que no se den cuenta se quedarán atrás. El inmovilismo actual es un regalo gratuito a la dictadura de Pinochet. Nadie ha conquistado la libertad sin luchar".

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 14 de mayo de 1987