Selecciona Edición
Conéctate
Selecciona Edición
Tamaño letra
Editorial:

La Iglesia de espaldas

LA RECIENTE instrucción de la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe sobre "el respeto a la vida humana y a la dignidad de la procreación" ha reavivado la nunca cerrada polémica sobre los límites morales de la ciencia. Pero la posición que mantiene la Iglesia católica en este documento es tan estrecha que apenas deja resquicio para que la ciencia avance. Porque no sólo se considera inmoral la manipulación genética que lleve a la producción de seres humanos seleccionados, sino la fecundación in vitro y la inseminación artificial de la mujer, salvo en el caso de que el semen provenga del acto matrimonial.La nuestra es una época caracterizada justamente por los beneficios del progreso científico. Nada tiene de extraño que el discurso científico de la medicina o de la física nuclear, por señalar dos campos concretos, choque con frecuencia con la reflexión de los pensadores humanistas. El movimiento ecologista responde a este conflicto. Y, ciertamente, el destino de la humanidad no tiene por qué estar sólo en las manos de las élites científicas y tecnológicas. El acrecentamiento del poder sobre la naturaleza, manipulado por el hombre, empieza a desbordar sus intenciones puramente investigadoras, dirigidas a conocer los recursos y los mecanismos del cosmos. La suprema tarea de mantener ese poder, sin correr el riesgo de la deshumanización de la conciencia o incluso de la destrucción física de la humanidad, pertenece a todos, y de una manera especial a los que intentan la coherencia de las cosmovisiones.

La investigación biológica de los últimos años ha sido espectacular. Los ginecólogos caen en la cuenta de la soledad del poder descubierto y buscan la ayuda de la reflexión ética que ilumine el uso de las nuevas tecnologías genéticas. Lo demuestran las comisiones de científicos y humanistas creadas por los Parlamentos democráticos. Entre ellas, el Informe de la comisión especial de estudio de la fecundación in vitro y de la inseminación artificial humanas, aprobado por el Congreso de los Diputados español el 10 de abril de 1986. En Francia, el Comité Nacional de Ética hizo público su parecer en diciembre de 1986. Encendió el disco rojo respecto a los experimentos de fecundación con embriones de distinta especie, y se opuso a la selección clónica y a determinadas intervenciones respecto a la composición cromosómica. En Italia, el ministro Degan creó una comisión similar, cuyo proyecto de ley, llamado proposta Santosuosso, no llegó a prosperar. El Parlamento Europeo se ha ocupado también de la posible redacción de un código ético sobre esta cuestión. Como puntos de consenso se citan los siguientes: prohibición de toda manipulación del embrión que no responda a un fin terapéutico del nasciturus; limitación de la inseminación artificial a los casos de esterilidad, y exclusión de toda comercialización y beneficio económico en las técnicas de procreación artificial.

La Iglesia católica también ha hecho pública su opinión. Pero frente al clásico principio de Roma loquta, causa finita, ahora sucede lo contrario. La instrucción de la Congregación para la Doctrina de la Fe que postula "el respeto de la vida humana naciente y la dignidad de la procreación" se enfrenta estos días con la oposición firme de científicos, humanistas y de un nutrido sector de teólogos católicos. Las aberrantes manifestaciones de ese documento, minucioso en su pacatería hasta el análisis del método que ha de utilizar el varón para proveer el semen de una inseminación artificial, moverían a la irrisión si no se pretendiera edificar sobre ellas la represión moral de millones de personas. Una vez más, la Iglesia no acepta el diálogo institucional con los científicos y los responsables del destino de la humanidad, y el cisma entre la Iglesia y el discurso ético aviva la memoria de otros enfrentamientos históricos lamentables.

El Vaticano ha tomado la palabra para intervenir en un debate de interés universal, amplio y profundo, sin mostrar el más mínimo respeto hacia sus hipotéticos interlocutores. En nombre de Dios, de los fines últimos y de su preocupación humanista, ofrece razonamientos biologistas e interpretaciones judeo-cristianas de las leyes genéticas sacadas de su universo religioso, pero también de las manías de algunos clérigos. Los valores de la vida y del amor, tal como se dan por supuestos, no pueden ser comprendidos ni compartidos, a la altura de nuestro tiempo, si no van acompañados del respeto a otras concepciones de las relaciones de la pareja y de la procreación. En su elaboración, los redactores del documento han seguido un método de consulta selectiva y varias facultades católicas de Medicina no han sido consultadas. La Iglesia, que prometió solemnemente en el Vaticano II el diálogo con el mundo actual, ha vuelto la espalda a la sociedad de hoy.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 15 de marzo de 1987