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El fin de la era de lo político.

Times Square, Nueva York. El enorme luminoso repite un mensaje inútil: el abuso del poder no constituye sorpresa. Alrededor, los tráficos habituales, a la velocidad de siempre: coches, cuerpos, mercancías, signos, dinero... La pequeña anomalía introducida por el trabajo de la artista Jenny HoIzer carece de todo efecto. El ruido que la rodea absorbe todo su potencial, lo reduce a la insignificancia.Pero, de través, esa pérdida de sentido a que el trabajo de la artista se ve reducido evidencia -y en ello reside toda su fuerza- otra pérdida de signo mayor: la de la escena de lo político, en cuyo horizonte virtual aquél nunca habría generado sólo indiferencia.

Hay un libro que proporciona buenas pistas acerca de esa desaparición: Vitesse etpolitique, de Paul Virillo. Pero no es la velocidad física del misil -que allí se enuncia como efector de la aparición de un estado de emergencia- permanente- la que nos hurta la posibilidad de lo político, sino la velocidad absoluta alcanzada por los discursos en vertiginosa circulación bajo los nuevos regímenes comunicativos.

Ahora bien, no nos importa tanto hacer su genealogía abstracta como localizar el modo efectivo de esa desaparición, puesto que lo urgente es recuperar la posibilidad de lo político en tanto que real, provocar su retorno, reterritorializar la posibilidad de su ejercicio. No se trata, dicho de otra forma, de problemas de topología: locales o de posiciones. No se trata de reencontrarle lugares a lo político (valdría parafrasear aquello de que el sexo está ahora en todas partes menos en el sexo).

Diríamos que se trata de un problema de fluidica, no de uno de física del estado sólido. Es un problema de regímenes, de circulación, de los tráficos que organizan el lazo entre los agentes sociales. Hay que recordar a Faucault para no olvidar que lo político se refiere a la tensión que soporta una canalización capitarizada -lo social-, y no a una estratificación tópica cristalizada conforme a alguna geometría pura.

Analicemos un fenómeno extremo y supuestamente investido de violenta significación política: el terrorismo vasco. Carece de sentido enfrentar la cuestión atacando su tópica: el modo de las relaciones de producción en una sociedad de evolución precipitada, la especificidad de un hecho cultural arrinconado,y singular, la barbarie ritualmente sanguinaria de grupúsculos de consanguíneos, las inercias espirales de una innegable brutalidad centrípeta... Ninguna estadística de esa ristra de lugares comunes arrojará, ciertamente, más luz o mayor verdad entera sobre la cuestión.

Es preciso desentrañar la función sistémica cumplida por el terrorismo con vistas al mantenimiento del statu quo. Ev'idenciar el rendimiento legitimista del terrorismo, más elevado en la economía imaginaria de lo público que la inverosímil existencia de una oposición civilizada (de ahí que se venga eligiendo sin el mínimo titubeo el hundimiento de cualesquiera fuerzas democráticas, aun a costa de invalidar posibles soluciones pacíficas que significarían, al contrario, su fortalecimiento).

Hay que denunciar entonces la manera en que todo terrorismo nos convierte en rehenes de un chantaje, en el orden de la simulación, ejerciendo en interés de la entropía del sistema. Recuérdese la primera célebre bo'utade de esta legislatura, aquella que negaba carta de importancia a cualquier oposición que no fuera la terrorista (una especie de puesta al día del no menos célebre "o yo o el caos"). En simular -pero sólo en simular; de ahí que lo último aceptable sea la negociación que pondría realmente punto final- que tal alternativa es verdadera, el sistema asegura líneas de legitimación. Cabe por ello decir que todo terrorismo es terrorismo de Estado, dispositivo eficaz para el mantenimiento sistémico del existente estado de cosas.

Pero ahorrémonos nuevos ejemplos. Se trata simplemente de hacer depender esa desaparíción generalizada de lo político de todo el proceso de desffindamentación y crisis de los modelos de legitimación en que la caída del paradigma de los -grandes discursos nos ha sumido.- Para señalar que el ajdste al nuevo paradigma, apenas emergente, viene verificándose mediante la estratagema simulatoria, suplantatido la escena vacante con su puro simulacro. Para decirlo con Zinoviev: "La verdad es una excepción inusual; la vida de nuestras sociedades está hoy hecha de simulaciones de la verdad".

Y no sólo esas pequeñas mentiras piadosas que estructuran la cúpula nomotética -tipo: la incuestionabilidad de la institución regia o la lógica circular de la articulación de los poderes o del mismo ordenamiento constitucional- que sostiene todo el resto de la esfera de lo político, protegidas por una especie de connivencia fiduciaria y colectiva, sino incluso determinadas formas de impostura y usurpación, como, por ejemplo, la del nombre (en vano) de la izquierda para un programa usurpado a su vez a la derecha (sin duda, Boyer tiene razón en afirmar la convergencia progresiva de los programas, pero demuestra ser peor político que Guerra no asumiendo que lo importante ante el electorado es sólo saber simular la divergencia).

Más inquietante, si cabe, el reemplazamiento actual de los dispositivos garantes de legitimidad por sus más-descarnadas parodias. Del de la representación (como modo de delegación) parlamentaria por el de la representación (ya puramente teatral) icónica (el banquillo socialista es consciente de que induce más opinión gesticulando en fila, como teleñecos, a las homilías insulsas de la oposición que la que conseguiría incluso con parlamentos bien elaborados). O ese reemplazamiento de la regla perlocutiva promesa __> cumplimiento por la ingeniería sociosofiÍstica, plebiscitaria, y por el vaciamiento acto seguido de los progrmas (ya con una desfachatez que el propio Monarca se ha visto obligado a reconvenir). O todavía el de la transformación de los partidos desde aparatos de representación y expresión de intereses conflictuales de colectivos significables a puros cuadros -disciplinados a sangre y cese: el que se mueva no sale- de conquista y mantenimiento del poder. -

Y finalmente, por acabar en algún punto, esas figuras ya de la pura desfachatez, de la -prepotencia. Como la estrategia obscena de hiperpresencia y acaparamiento del espacio de lo público, ya sea merced al grandilocuente aspaviento macrocultural -instrumentando la cultura a sólo beneficio de lo (falso) político-, ya al codeo con -incluso la suplantación denuestra lamentable jet. O sea, ya insólita e inconcebible, máxime por ser de poder a poder, coacción a que se somete a todo medio de comunicación en los momentos críticos de evolución de los estados de opinión mediante la consabida zanahoria, todavía conservada intacta, de la televisión privada.

Pero no tiene caso continuar una enumeración que podría volverse interminable. Creemos, con lo dicho, haber reseñado esa actual extrema abyección de lo político, su devenir entre goebbelsiano y maquiavélico, inmerso en la excesiva autoconciencia de tener en la simulación su territorio actual más propio. Suena la hora de señalar que es el simulacro de lo político, sirviendo -al implementar lo real con el imaginario que lo clausura- al cierre sistemático de los estados de cosas actuales, el que nos hurta y bloquea la posibilidad real de lo político como lugar de lo abierto, borde en que la realidad se inclinará hacia lo posible. Llega el momento de clamar su plena desaparición, en tanto simulación -aunque sólo sea para ver abrirse bajo ella la posibilidad de su retorno real-, con toda la imprudencia necesaria y sin escatimar un ápice de violencia teórica: ella es por ahora nuestra única potencia.

Quién sabe si a partir de entonces nos veremos nuevamente en condiciones de experimentar sorpresa, y venga ésta de donde venga: el equipo o el militar chileno, el terrorista (de Estado) o el periódico entre slus manos.

Ante el abuso del poder, digo, sin duda.

* Este artículo apareció en la edición impresa del 0016, 16 de febrero de 1987.

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