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Tribuna:MEXICO 86

Goles y champaña

Si se combinan los goles en contra con copas de champaña a favor, el disgusto que se produce en el césped se aminora en el estómago y se diluye en la cabeza.El fútbol, visto desde uno de los elegantes palcos del estadio Azteca, adquiere un carácter social muy alejado del que yo viví de niño, cuando un encuentro entre el Oviedo y el Gijón se resolvía, invariablemente, con lluvia, insultos y pedradas.

El discreto deambular de los meseros por el palco, vestidos correctamente de blanco, sonrientes y ajenos a la batalla campal que se desarrolla entre las dos porterías, hace que, en vez de los gestos furibundos, surjan armoniosas consideraciones.

Nadie dice, por ejemplo: "Mata a ese cochino defensa", sino que, sonriendo a la joven damita que toma caviar a nuestro lado, se sugiere: "Acaso convendría que ese defensa fuera reducido a la impotencia".

Comodidad

El palco está recubierto de una bella tela de color dorado y la alfombra es tan gruesa que se hunde el espectador en un mundo plácido. Los sillones son más cómodos que los del mejor restaurante y el servicio es también mejor. El palco es un nimbo desde el cual se ve a la muchedumbre chillar, agitarse, hacer olas humanas y embravecerse de cuando en cuando. El palco es como una pecera en la cual nos movemos todos a ritmo de vals y de champaña.

Estos palcos del estadio Azteca son lo más bello y lo menos futbolístico del mundo: son lugares para adormecer esa furia que todo aficionado al deporte lleva por dentro.

A los palcos, por una decisión misteriosa, sólo van damitas muy bellas que sonríen agradecidas al padre que hizo posible tanto dispendio.

Iba perdiendo México cuando un camarero se acercó al gran patrón y le dijo discretamente: "Ya tenemos hielo, señor". El dueño del palco me miró, avergonzado: "Lo siento, señor Taibo; sin hielo no hay partido bueno". Yo asentí muy seriamente, pero oculté que mi educación futbolística parte del estadio de El Molinón, en donde lo que nos enfriaba en las tribunas solía ser el agua que nos entraba por el cogote.

Los palcos de este inmenso, espectacular y, en ocasiones, aterrorizador estadio se vendieron a firmas importantes, a magnates y a familias acomodadas. Cada dueño organizó la escenografía a su aire y he visto palcos con cuadros de Tamayo y grabados de Durero. Hay palcos con bares tan copiosos como el del Palace y los hay con una elegante cocina de rayos láser. En muchos palcos se graba el partido en cintas de vídeo y se coleccionan, de tal forma que, si un invitado afirma que tal gol, en tal fecha, fue memorable, el servidor, complaciente, saca el vídeo y muestra de inmediato en una pantalla la verdad o la mentira de tal afirmación.

Mientras tanto, allá abajo, 22 personas se pelean por una pelota y miles y miles de aficionados se van quedando roncos de una forma supuestamente agradable.

El dueño del palco, quien recíbió ya una dotación de hielo de sus vecinos, me consuela: "No sólo el champaña ya está de nuevo frío, sino que creo que nuestro equipo ya empató".

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 28 de junio de 1986