Selecciona Edición
Conéctate
Selecciona Edición
Tamaño letra

El Atlético de Madrid, ganador de la Supercopa

Era un water elegante. Uno de los más elegantes de Barcelona. Al fin y al cabo, era el water de caballeros del hall de entrada del Scala de Barcelona, una sala de fiestas-restaurante donde el pasado lunes se celebró la fiesta del fútbol. De pronto, mientras dos periodistas se entretenían en mirar atentamente los azulejos, sin posibilidad de darse la vuelta, oyeron una voz junto a ellos. "Verás qué circo voy a montar el miércoles, más grande que el de Sevilla", comentaba el último visitante del urinario. Los periodistas acabaron antes que aquel caballero y cuál no sería su sorpresa cuando al darse la vuelta se dieron cuenta de que aquel hombre era Urízar Azpitarte, el colegiado vizcaíno que anoche dirigió el partido de vuelta de la Supercopa.Era, evidentemente, una broma, una gracia. La suerte de Urízar anoche fue que tan sólo había un trofeo en juego, no puntos, ni premios, ni siquiera, como sucede con esa competición descafeinada que es la Copa de la Liga, una plaza en la Copa de la UEFA. Por si los estadios no tuvieran bastante con un árbitro, Josep Lluís Núñez se atrevió a meter anoche hasta una docena o más. Árbitros que están en Barcelona para unificar criterios y hacerse un chequeo médico. Les invitaron a todos, pero sólo algunos se atrevieron a ir. Pues bien, allí, ante sus propios colegas, Urízar dio todo un recital de incoherencias. Hasta su propio presidente, José Plaza, reconoció que se había equivocado al no sancionar el penalti de Arteche a Amarilla. "Ha sido falta; lo que no sé es si dentro del área", dijo.

Pero lo peor de Urízar no fue no señalar ese penalti, que hubiera supuesto el 2-0 para el Barcelona, pues hacía un minuto que había marcado Alexanco. Lo peor fue su arrogancia, sus ganas de protagonismo, ese aquí mando yo que emplean algunos colegiados cuando ordenan repetir una falta un palmo más atrás con ademanes dictatoriales. Fue tan mal árbitro que ni siquiera fue capaz de enseñarle la tarjeta amarilla o incluso la roja a Schuster cuando, tras señalarle una falta, el alemán occidental le lanzó el balón con intenciones de darle.

Él se montó su circo, pero le falló el público y los trapecistas, pues anoche los jugadores no tenían ganas de complicarse la vida si simplemente se trataba de la Supercopa. El Barcelona mereció la prórroga e incluso ganar el trofeo. El Atlético, consciente de que su renta (3-1) era consistente, se limitó a defenderse ordenadamente, creando tres líneas de contención (Da Silva-Setien-Marina; Landáburu-Quique; Julio Prieto-Ruiz-Arteche-Tomás) y desinteresándose no ya de atacar, sino hasta de contragolpear. Su primer y único peligro se produjo a los 85 minutos por medio de Rubio.

El Barcelona, recuperado Archibald, volvió a mostrarse como un equipo peligroso. Tras el gol y el penalti no señalado, contó con tres ocasiones cantadas. A los 46 minutos, una internada de Manolo fue rematada por Amarilla al larguero; a los 54, Víctor se quedó solo ante Mejías, que desvió, y, a los 78, Marcos no acertó junto al poste derecho. Fueron ocasiones para ganar un título, pero los azulgrana no supieron aprovecharlas.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 31 de octubre de 1985

Más información

  • El público abroncó a Plaza y los árbitros presentes en el campo por un presunto penalti de Arteche