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CARTAS AL DIRECTOR

La muerte de un recluso

Con el ruego de su publicación íntegra, los funcionarios del Centro Penitenciario de Huelva le remitimos la presente nota informativa, en respuesta a la que insertaba su diario, el pasado 25 de septiembre, sobre el suceso ocurrido en la prisión provincial durante la noche del día 21.Indignación, pesar y serenidad, sin perjuicio de las oportunas acciones legales que podamos llevar a cabo, son las expresiones más claras para lo que sentimos los funcionarios de este centro penitenciario por la publicación de los titulares, el contenido y las declaraciones de los familiares, tras la muerte por suicidio del joven José Luis Campaña Reina, que fue detenido y puesto a disposición del Juzgado número 4 de esta capital e ingresado en prisión por orden del mismo el pasado 21 de septiembre.

Sus padres, hermanos y familiares están dolidos por la pérdida humana. Les cuesta creer la dura realidad. Ni nosotros, ni nadie, somos, capaces de comprender exactamente qué es lo que ocurre, qué es lo que pasa en la menta de una persona que en un momento dado decide poner fin a su vida, llegando hasta sus últimas consecuencias. Y no lo comprendemos porque, afortunadamente, el estado anímico mental en la mayoría de los humanos es otro muy distinto.

Pero, a pesar de todas estas desgraciadas circunstancias, los familiares del fallecido no tienen ningún derecho a calificarnos privada o públicamente de asesinos, máxime en una situación en la cual el desconocimiento real es total.

La ignorancia ajena, la tergiversación intencionada y con mala fe, las informaciones poco escrupulosas y faltas de rigor conducen inexorablemente a exacerbar los ánimos persiguiendo oscuras intenciones contra personas e instituciones. Y lo más triste es que a veces lo consiguen.

Al joven interno, cuando ingresó, a las 21.30 horas, se le trató correctamente. Tras las previas diligencias burocráticas, reglamentarias y de identificación, se le destinó a una celda individual de período sanitario, hasta que fuera reconocido por el médico del establecimiento. Posteriormente, durante la noche, el departamento en el cual se encontraba fue inspeccionado en tres ocasiones, sin que se adviertiera ni observase ninguna anomalía. La expresión de su rostro era serena, nada presagiaba lo peor. Deseó morir y no se pudo evitar, puesto que en ningún momento solicitó o recabó auxilio de

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los funcionarios o de otros internos que se encontraban en celdas contiguas a la suya.

Al descubrirse en las primeras horas de la mañana del domingo, la impotencia de no haber podido impedirlo nos embargó a todos desde el primer momento. Todo lo demás son graves acusaciones y especulaciones gratuitas que el juzgado correspondiente se encargará de aclarar.- José Abad y Marcos García

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 16 de octubre de 1985